No me rayes, no me agobies, es un slogan de nuestras relaciones. Resulta que hay expertos en agobiar, pero el problema es cuando el agobiador y el agobiado son la misma persona.

El triunfo del agobiador de sí mismo aumenta exponencialmente en una suerte de plaga de nuestro tiempo, la ansiedad. Equívoca palabra ésta. Confundible con el miedo, con la angustia, con la fobia. Cada vez más y más personas no pueden evitar ahogos, nudos en el estómago, percepciones de que la muerte llega de repente, mareos y taquicardias, sudores y más sudores, y toda una cohorte heterogénea de sensaciones. Unas veces lo llaman ataque de pánico, otras fobias con mil nombres, otras simplemente ansiedad. Agobio.

Y muchos cuentan lo inútil del circuito de moda, la fórmula prêt-à-porter de abordaje de la ansiedad. Bien sugestiones, bien recomendaciones variopintas, bien entrenamientos, sutiles o burdas coerciones, bien ingestas de sustancias de diverso pelaje, desde las químicas hasta los remedios caseros, lo cierto es que todo ello se hace con la mejor intención, claro, pero suena a fintas ante la verdad.

Aplazar el encuentro con la verdad de cada uno, lo que se es para los otros, lo que se desea, la verdad de la historia subjetiva, suena a intento de evitarse decir lo que no se quiere escuchar, nombrar lo que se es para los demás más allá de los engaños de las versiones familiares.

Aplazamientos avalados por los académicos, que eso sí, nunca pisaron la obra a pie de calle, y que desplazan los problemas hacia otro punto. El problema es que retornan puntuales a la cita, y el agobio retorna, a veces más virulento.

Por qué estos fenómenos se dan tanto en nuestro tiempo, qué tiene nuestra época como para que pulule tanto sujeto sufriente ansiosamente agobiado. Es la pregunta.

El asedio cotidiano habitual no ayuda mucho. Nos piden, nos wasapean, nos exigen de continuo. Cómo dejar de agobiarse, cómo parar, pero a la buena manera, sin dejar de ir a buscar el duende interior, ese que nos espera paciente por si alguna vez en la vida decidimos ir a su encuentro. Y despertar.

Lorca separó en una famosa conferencia entre musa, ángel y duende, y situó a los dos primeros como exteriores al sujeto y a este último como un objeto interior, inmaterial, que duerme. Literalmente Lorca dijo: “…al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”. Mejor despertarnos y despertar a los otros. Peor que nos sugestionen, o nos farmacopeen.

DIARIO PALENTINO, jueves 13 de diciembre de 2012

 

DIARIO PALENTINO, jueves 13 de diciembre de 2012

 

 

 

 

 

 

 

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