Cuando releía estos días el texto de Foucault de “Los intelectuales y el poder”, me acordaba también del poder de los pequeños alcaldes de nuestros pequeños pueblos, y encontraba que la situación actual ha pulverizado todas las teorías posibles, y que conviene repensar en qué consiste el poder actual de un político, al menos de un político no orgánico, sino de un político coyuntural.

Y claro, ahí el imaginario se disparó a los alcaldes que conozco y lo que les escucho, lo que tienen que entregar a sus vecinos tanto de tiempo como de preocupaciones. Esa entrega sólo puede ser entendida como un pago de una deuda, la que inconscientemente tenemos con el terruño, con la tierra natal, con los parientes (por usar una expresión de Hölderlin), y con “estos días azules y este sol de la infancia” (por evocar a Machado).

Alberto Blanco es paradigma de eso. Alcalde de un pueblo mínimo de la provincia de Palencia, donde además ha logrado un importante éxito en una empresa que exporta a varios países, y que se niega a moverse de ese su mínimo lugar en el mundo donde vive y labora, porque su sabiduría le ha hecho ver que se precisa partir de un punto en el mapa para saber adónde se va, a partir del reconocimiento de dónde se viene.

André Gide escribió que en el fondo de todo disgusto yace, para quien sabe oírlo, un “eso te enseñará”. Es seguro que si preguntamos a un alcalde qué significante aparece en cada jornada de trabajo, sería “disgusto” un significante con el que se topa cada alcalde, mañana y tarde. No hay día sin disgusto en la agenda de un alcalde. Lo que enseña ese disgusto diario depende de lo abierto a lo nuevo (frente a la dichosa repetición) que cada alcalde está.

Alberto Blanco es prototipo de eso, de una receptividad a lo nuevo, permanente, que además combina con un memorión exquisito, razón por la que sus vecinos le eligen alcalde una y otra vez, porque es previsible y fiable, y porque no se para quieto y se mete en mil jardines (y sale airoso por lo bondadoso de su honradez).

El poder de los pequeños alcaldes es como el de los psicoanalistas, el poder de renunciar al poder.

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