En la presentación el otro día de la novela de Peridis,La maldición de la reina Leonor, me olvidé de resaltar que si bien se trataba de una novela de amor, expresaba muy bien los enamoramientos infantiles. Muy pocos adultos quieren no olvidar esos desaguisados, esas heridas que son los momentos de su infancia en que se enamoraron. Les parece absurdo, infantil dicen, a olvidar, y sin importancia. Pero Peridis capta el alumbrar de la vida en esos sustos del amor, (García Márquez), en esos desengaños y quebraderos de cabeza.

Cuando me toca hablar de ellos con algún joven o adulto, siento que de entrada me voy a encontrar con un muro, con recuerdos nubosos o incluso con el archivo cerrado a cal y canto, y que hay que esperar el momento de reabrir esa herida. Pero cuando alguna madre insiste desde el diván en que su hija o hijo se encuentra demasiado descentrado, (despistado, como ido, ensimismado) sin duda, y ante el peligro de que le etiqueten como sujeto deficitario de atención y le mediquen con alguna droga legal, hago ver que seguramente estemos ante un niño enamorado. Y ya se sabe, cuando alguien se enamora, no está. O mejor dicho, toda su atención se concentra en la imagen de su amado/a, y todo lo demás puede esperar. Y esta experiencia acontece a cualquier edad. Freud lo mostró en 1905 con sus Tres ensayos, libro verdadero pero incómodo siempre para el adulto, que prefiere mirar para otro lado. Peridis en su novela no. Como tampoco Ivan Turguénev en Primer Amor.

De igual modo, cuando el desamor aparece, el decaimiento y la desazón pretende encararse con el ansiolítico o depresivo de moda, cuando simplemente se trata de un estado que grita en silencio que el amor ya ni está ni se le espera.

Quizá por eso conviene no olvidar que nuestro desasimiento y nuestra fragilidad nos hace amar. He descubierto en una líneas de un libro de poesía muy bello, Alumbramiento, de Elisa Martín Ortega (Cálamo, 2016), una hermosa manera de plasmar el amor como trampa y desengaño: Oigo tu llanto./ Oigo una voz que me llama y suplica/mi presencia: «mamá…»./ Te oigo en las madrugadas, y quizá/ no seas tú./ Me levanto y me entrego/ a mi pequeña trampa:/ estás dormido y siento tu silencio,/ mi desengaño.

Trampas y desengaños maravillosos sin los cuales no hubiéramos podido alumbrarnos, o cuanto menos reconocernos en la mirada febril de un niño que anda perdidamente enamorado.

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