Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Amigos amables

            El litoral que une a la amistad y al amor se vislumbra como una delgada línea roja, como un viaje, imposible sin cruzar todo tipo de fronteras, geográficas y psicológicas, como mostró Claudio Magris en El infinito viajar. Unos compañeros, unos conocidos, unos colegas, unos vecinos, unas amistades, parecen constituir una serie en la que aún no adjudicamos a ninguno de ellos el título de amigo. Y no es cuestión de tiempo, puesto que a veces pasamos más tiempo con colegas, vecinos y amistades, que con nuestros amigos, a quienes tardamos en ver.

Desconozco si de un amigo esperamos tan sólo que nos aplauda, y salimos corriendo cuando nos canta las cuarenta, o nos avergüenza. De lo que estoy seguro es de que necesitamos tener amigos, o mejor expresado, necesitamos ser amigos de alguien.

También creo que exageramos mucho al exigir altas cualidades a quien consideramos amigo, como si precisáramos idolatrar a los amigos, y ya no otorgamos tal título al tun-tun, cansados de haberlo hecho tanto tiempo desde nuestra niñez, pues conocido es el deseo de todo adolescente de imaginar que tiene muchos amigos. Seguramente sea verdad que un adolescente considere como  amigos a demasiados, como hace el joven que se inicia en la vida de adulto responsable, hasta que poco a poco va descubriendo la verdad, y entonces se va decepcionando, y suelta eso de “pensaba que tenía amigos”. Creemos tener amigos cuando son simples compañeros de viaje, deslumbrados por algo que dijimos, y que suelen abandonarnos en silencio cuando confirman a Caetano Veloso: «De cerca nadie es normal».

Pienso que necesitamos amar a nuestros amigos, tanto como dejarnos amar, aunque ese amor sea temporal, como cualquier otro amor, y además apasionado, posesivo, celoso, excluyente, en fin, con todas las servidumbres del amor, incluido el susto del amor, del que habló García Márquez.

Son los amigos amables quienes mejor encuentran acomodo en el aforismo de Pessoa: «No el amor, sino los alrededores del amor, es lo que vale la pena». Son esos alrededores los que nos proporcionan el placer de la amistad, un amor que no tiene por qué desmerecer de otros en la vida. Además, la entrega a los amigos nos llevaría a hacer cualquier cosa por ellos, hasta la heroicidad.

Si amar es dar lo que no se tiene, si amar es soñar con que encontramos a alguien que tiene lo que nos falta, si amamos a quien es capaz de nombrar nuestro auténtico ser, amar a nuestros amigos amables va de suyo.

Los soñamos gigantes, aunque en el fondo sabemos que están tan perdidos como nosotros.

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