Nueva columna de Fernando Martín en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Amor incondicional

            ¿Cuántas personas nos han amado incondicionalmente? Respondernos sin engaño define bastante lo que somos. Y lo que podemos llegar a ser.

Todos los amores suelen ser a cambio de algo: reciprocidad la mayoría. Pero ese amor que no espera nada a cambio, que no pone condiciones, que se recibe siempre y en todo momento a pesar de nuestras mala cabeza, o de nuestros reprobables actos, incongruencias y malos días. Pese a todas nuestras inexactitudes y miserias, el amor incondicional se conduce de igual modo desde el primer día.

Así es el amor de alguna abuela, por ejemplo. Cuando todos están furiosos con nosotros ella sigue allí. Cuando el adolescente da guerra, dispone de un refugio en casa de esa abuela que sabe que le está esperando con la mejor de sus sonrisas. Cuando enferma no piensa en su dolor, sino que se le ilumina la cara cuando su querido nieto se apresta a visitarla. Esa abuela que nos amó a cambio de nada, nos hizo ver lo imposible de volver a recibir un amor de esa naturaleza nunca jamás.

El amor condicional, sin que le restemos por ello mérito, a cambio de ser compensado con signos de amor, con palabras y gestos amistosos, será ya el amor más corriente.

El amor sin condiciones es un auténtico misterio. Bueno, en realidad el enigma del amor radica en que no sabemos nunca qué contiene en realidad. Son como «el vuelo de un pájaro dorado y sin rumbo», en genial acierto poético de mi querido Gustavo Martín Garzo.

Por eso cuando se termina el amor, los amantes se quedan como Fernando Pessoa, «pasmado cuando acabo alguna cosa». En realidad no entendemos cómo el amor se puede acabar, pero es la condición de amor la que ha periclitado. Se amaba a un rostro joven que ya no lo es, se amaba a un tipo rico que ya puede no serlo, se amaba a alguien admirado que pasa al desprecio, se amaba para esperar algo a cambio. El amor es en buena parte muy narcisista, muy de ida y vuelta, muy especular, muy fusional. Se ama lo idéntico y se vive muy poco amable tanto lo diferente como las metamorfosis del otro. Lo clavó Tomás Segovia, poeta y traductor, en Bandera: «Mi nostalgia vasta y caprichosa. Mi amor ingenuo y mi fidelidad irónica».

Quien nos amó incondicionalmente mostró que le traía al pairo nuestra imagen, nuestro agalma, nuestro dinero, y nuestras insignias de prestigio. Nos amó para retarnos a encontrar alguien a quien amar incondicionalmente.

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