La última novela del escritor palentino Asier Aparicio que presentaré la próxima semana junto al autor (El árbol nazarí, Librería-Café Ateneo, viernes 23) me mantiene en vilo. Cumple en mí eso que llamaba Umberto Eco la punzada del deseo. Seguir leyendo como único deseo factible. Tal es así que a falta de pocas páginas, y sin saber el desenlace, decidí escribir esta columna, porque justamente ese momento es el que quería contar. Ese instante en que se sabe que bajo ningún motivo un libro se va a dejar de leer, o si se quiere, un libro no se va a caer de las manos.

            Ciertamente el camino es más apetitoso que la meta. Cuando la obtenemos, en cualquier aspecto de nuestra vida, sentimos una cierta pérdida, incluso una tristeza. Llegar no interesa. Eso pasa con algunas novelas, y con algunas películas, las que cuentan al menos una historia. Lo que los guionistas de buenas series saben muy bien para mantener enganchados a los espectadores.

            Juan Benet decía que la literatura no debía servir para hacer pedagogía, sino para entretener. Creo que tenía razón porque la pedagogía es la pedagogía, y la literatura es la literatura, y hacer que una sirva a la otra, estropea a las dos. Por eso, al menos, buscamos deleitarnos con la buena novela, pasar un rato sumergidos en otro mundo, como cuando quedamos atrapados por la mirada de un cuadro tratando de hallar la mirada del pintor. En cierto modo, afortunadamente, es el triunfo del romanticismo frente al realismo dogmático. No es romántico el ñoño, sino quien persigue ideales, y eso requiere soñar.

            Claro que para ello se precisa también que el escritor sepa construir buenas écfrasis, especialmente si son del tipo nocional donde únicamente existe en el lenguaje el objeto visual que se describe. Eso nos lleva a lugares imaginados, a escenarios de otro tiempo, a situaciones mágicas o a imposibles lógicos. Toda la caldera imaginaria echando humo. Territorio perfecto para exclamar que todo es posible en Granada.

            Parafraseando a Alberti y su Arboleda perdida, creo que esta imaginativa nivola (eco de Unamuno) de Asier Aparicio busca algo perdido, y nos sumerge aún más en nuestra propia búsqueda de los objetos que perdimos: los momentos inolvidables, los instantes infinitos en que deseamos que el tiempo nunca hubiera pasado. En realidad si consumimos tantos objetos es porque creemos hallar en ellos ese objeto perdido. También por eso nos enamoramos.

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