Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Caras nuevas

 

Han encontrado la solución inteligente. Los actores políticos han dado con la tecla del éxito para sus formaciones políticas. Mismo discurso, vacío por supuesto, mismos programas, inocuos por supuesto, mismo tedio, previsible por supuesto. Pero eso sí, caras nuevas. Y encima se lo dicen entre ellos: necesitamos caras nuevas. En eso consisten los cambios y las renovaciones, en nuevas caras saliendo por televisión para dormirnos mejor, haciéndonos creer que todo va a ser diferente.

La cara, el rostro, ha sido un ardid usado desde los tiempos de Suárez en nuestra democracia. Tal es que parecía en ocasiones un concurso de fotogenia, y de telegenia. Lo que decía el guapo de turno no importaba tanto como provocar arrobo entre el votante embelesado, y birlarle el voto.

A diestro y siniestro el recurso a la imagen, a la puesta en escena, a la cara bella del portavoz, a su performance, a su uso y modo de colocar las manos, de elegir la buena corbata, se constituye en el verdadero asunto de la política. Malos tiempos para los feos. O no.

El colmo, el no va más del adagio de McLuhan, que acuñó esa famosa frase de que “el medio es el mensaje” (el canadiense acertó, él, que llamaba a la televisión ‘el gigante tímido’), lo hemos visto este domingo cuando un líder, más conocido por sus incursiones en programas de televisión que por sus ideas de responsable político, ha reunido a los suyos en un circo y arropado por un gran símbolo, una enorme bandera, y usando de su mujer como otro símbolo, incluso en la elección del color de su vestido (no le ha importado en esta ocasión su aparente ideología política y la trayectoria y lucha de los suyos durante años para elevar a la mujer a algo más que un icono bello al lado de su macho), en la mejor tradición yanqui, ha realizado una puesta de escena para hacer llegar el mensaje más rentable, sin necesidad de poner palabras, ni de entusiasmar por sus propuestas ingeniosas (de hecho todos los analistas coinciden en que fue un discurso superfluo, banal y lleno de obviedades, una vez más).

¡Caras nuevas! Me recuerda tanto al “vino nuevo en odres viejos”, como al conocido “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” de la novela El Gatopardo, (1956), de Lampedusa.

No tengo ninguna duda de que todo va a seguir igual. Pero eso sí, con caras nuevas.

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