Se sabe de lo enigmático de la luz en sus relaciones con la visión, por ello siempre vi encomiable la tarea de quienes estudian, investigan y se dedican a esas relaciones, y también a hacernos la vida más llevadera, como es el caso de los ópticos. Hoy traemos a la columna a un vecino ilustrado, Carmelo Ramos, que ha dedicado toda su vida profesional a ese saber de la óptica y de la optometría.

Pero no sólo por el despliegue de ese saber. Con Carmelo sucede lo que con otros muchos vecinos ilustrados, que representan un estilo de interés intelectual por varios campos que conlleva una fuente de conocimientos tan versátil que en el momento de la hiperespecialización parecen de otro tiempo.

Amante del jazz, desde hace un año ha lanzado junto a su hermano Guillermo un importante premio de novela, que ya tiene resonancia internacional, el Premio Internacional ‘Ramos Ópticos’ al Mejor Relato sobre Jazz, que organiza el Jazz Palencia Festival con José Ángel Zapatero a la cabeza. Estuve en la entrega de los premios del otoño anterior y nos regalaron la novela ganadora Cincuenta y seis ballenas, bellamente editada por Menoscuarto, que habla del músico de jazz Charles Mingus. Esta iniciativa es paradigma del mecenazgo de la sociedad civil.

Carmelo es motero desde tiempos inmemoriales, y muy forofo de Sevilla, ciudad en la que trabajó y en la que forjó grandes amigos.

Pienso que estará de acuerdo en que la óptica y esas otras disciplinas que él cultiva, cual Kant con Sade, óptica con jazz, muestran al tecnólogo y científico cultivando las humanidades. Luz con visión.

Aunque buen diletante de los ordenadores, conoce a Alan Turing, quien demostró ya en 1934 que no había que confundir hardware con software, por el lugar de preeminencia de este último, confusión en la que van muy bien desorientados los psicólogos cognitivistas y los que anulan la subjetividad por el todo es cerebro.

Un óptico amante del jazz da la razón aún más a Gödel, quien con sus épicos teoremas de la incompletud mostró que la matemática no es consistente. O que el rigor no excluye la conjetura, pues ver no es mirar.

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