Recuerdo una frase de Wittgenstein que decía, hablando de la literatura de invención, que hay escritores que escriben con la cabeza y escritores que escriben con la mano. Lo cuenta Claudio Magris (Trieste, 1939) en La literatura es mi venganza. Mi idea es que entonces es todo un hápax hallar algún escritor que escriba tanto con la cabeza como con la mano…cual Magris. Leerlo es conversar a alto nivel, y en ningún libro salir indemne de esa aventura intelectual.

Columnista del Corriere della Sera, germanista, italiano enamorado de su ciudad natal, Trieste, ha centrado su escritura en la exaltación de la memoria no como lucha frente al olvido sino como garantía de ampliación de la vida.

Nos hace pensar en las fronteras y en la identidad diversa aceptadora de lo diferente, mostrando que es en la literatura donde se encuentra esa identidad fronteriza, limitadora pero franqueable. De ahí que El Danubio sea su libro más famoso, viaje por un río atravesador de fronteras, en ese país Mitteleuropeo.

En su novela No ha lugar a proceder ironiza (frontera entre lo cómico y lo trágico a veces la ironía), con esa capacidad de causar horror y dolor, con ese goce en hacer sufrir que ha acompañado desde tiempos inmemoriales al animal sapiens, junto a todo lo contrario, la pelea de ese sapiens lúcido contra la barbarie descerebrada.

El secreto y no es otro ensayo suyo muy breve, donde se manifiesta a favor del secreto contra los sofisticados medios tecnológicos de comunicación modernos que ponen en peligro el derecho que tenemos a tener secretos, ataque en nombre de un voyeurismo disfrazado de ciencia, y en contra de los usos del secreto por parte del poder oscuro.

En El infinito viajar hace ver que en los viajes cruzamos tanto fronteras geográficas como psicológicas, pero que las más interesantes son las fronteras invisibles, como las que separan un barrio de otro en la misma ciudad.

Leer a Magris enseña el desarraigo, como lo enseña el viajar. Viajar y leer nos permite frecuentar al diferente, al otro radicalmente distinto a nosotros, y por ende, opino como Claudio Magris, a sentirnos siempre extranjeros en la vida.

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