Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Conservadurismos

El mayor enemigo del buen conservador es el discurso del conservadurismo. El buen conservador pretende mantener lo que vale, lo que funciona, lo que asienta a una sociedad en pilares firmes. No deseando tumbarlo todo, trata de preservar lo bueno, seguro como está, a lo Oscar Wilde, de que sólo los modernos quedan atrás.

Máximo respeto para los respetuosos conservadores, que nos dan la dosis precisa de sensatez en tiempos en que la veleta no para de girar.

Pero también el progresista encuentra conservadurismos entre los suyos, recelosos de todo atisbo de cambio. La figura del conservadurismo sea de un signo político o de otro es nociva para las sociedades, que retroceden ante el obstáculo que representa la posición del que no quiere que nada se mueva, del que cree que al despertar de su sueño nostálgico, el dinosaurio va a seguir allí, como en el cuento de Monterroso.

Los conservadurismos, amigos fieles de todos los oscurantismos que en el mundo han sido, recelan hoy de las Redes sociales tanto como ayer combatieron la Ilustración. El discurso del conservadurismo a fin de cuentas es el responsable de que se haya retrasado todo siempre tanto, desde el voto femenino hasta cualquier otra conquista social.

Y así, una buena ración de conservadurismos se observa en cuanto hay un proceso electoral como el que acabamos de vivir. Programas maquillados para que todo siga igual, candidatos de perfil bajo, mítines previsibles, electores que votan a las mismas siglas pase lo que pase, manifestaciones tópicas el día de marras, y reacciones de triunfalismo o de derrotismo, exageradas ambas, la noche de autos.

Unamuno y su “¡que inventen ellos!”, es cual grito español, lema perenne del conservadurismo hispano. Eso es el conservadurismo, un discurso que cree que las contingencias no existen, ni la lucha de los marginados, y que recomiendan mansedumbre a quienes sufren de las desigualdades históricas, que lo imprevisto es un fastidio que hay que erradicar, y que las sorpresas y los cambios son por definición dañinos.

De ahí que cuando hay un vuelco electoral, o un amago de estallido social, crean que es debido a agitadores que manipulan a las masas, y si pueden, los desacreditan de las mil maneras que siempre encontraron, o los compran, de las mil maneras que el conservadurismo descubre para comprar el silencio de los mejores.

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