Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

 

Contra la transparencia

Está de moda la palabra transparencia referida a la acción política. En realidad ya venía apuntándose a este concepto desde la paulatina presencia de la ideología de la evaluación. Ya se veía venir desde la constante implantación de dispositivos de control y vigilancia. Todo por nuestro bien supremo, claro, en tanto ciudadanos más seguros cuanto más velos se quitan y más transparente somos a los poderes públicos. A cambio se constituye como un valor político que las instituciones se tornen transparentes, no escondan ningún objeto simbólico, como si fuéramos tan tontos de creer que eso significa el fin de las opacidades estatales y gubernamentales.

A su vez, y por seguridad, dicen, hemos de mostrar nuestro equipaje, consigna implantada en cada aeropuerto, ya extendida a otros medios de transporte, y para entrar en edificios. Hágase transparente diciéndonos todo lo que lleva encima.

A su vez se trata de mostrar todo sobre nuestras finanzas, y después eso mismo se lo haremos saber al resto, todo el mundo sabrá todo sobre los bienes de todos. Qué maravilla.

Conteste encuestas, rellene cuestionarios, diga lo que piensa y sabe, sus hábitos alimenticios, lo que lee, sea transparente, háblenos de sus técnica amatorias. La lista de lo que nos inquieren crece cada día.

Luego está la tontería de evaluar a los trabajadores que nos atienden telefónicamente: pero ¿es que alguien piensa que voy a ser tan cruel de evaluar a un trabajador que se gana honestamente su trabajo, contribuyendo a que lo usen para poder despedirlo? No, gracias, suelo contestar, no estoy a favor de las evaluaciones de los trabajadores. En fin, y así.

De modo que transparencia para lograr un Gran Hermano generalizado. Orwell ya avisó en 1984, -su novela premonitoria- de las consecuencias de crear Ministerios del Amor. Pues bien, los Estados ya legislan pensando en nuestra felicidad, que ha pasado a ser un factor de la política. Una amplia corrupción del lenguaje espera, en las nuevas neolenguas que se abren paso.

Todo transparente, todos sin el derecho al semblante, todos sin máscara, es el objetivo grito. Mostremos todo, exhibamos vergüenzas y miserias en público. Olvidemos pudor e intimidades. Contemos nuestras calamidades, seamos transparentes, la audiencia nos lo agradecerá, acostumbrémonos a mirar cómo otros gozan, y de qué gozan.

Shelling, el filósofo alemán, definió el término siniestro (Unheimlich) como lo que debiendo permanecer oculto, secreto, se ha manifestado. La emergencia de lo siniestro trae siempre angustia, un afecto que no engaña.

Contra la transparencia, pues, defendamos el derecho al semblante. Nuestro derecho al secreto. Yourcenar ya dejó escrito que sólo es feliz quien ha vivido en secreto.

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