Hace dos años en el viaje a la “pessoana” Lisboa viví tres momentos de difícil olvido. Uno, la cara de mi hijo en el minuto 93′ de la final de la Champions tras el cabezazo de Sergio Ramos, y mientras le abrazaba el vecinode asiento, (compañero de pupitre del jugador Morata) que lloraba de alegría. Dos, los cánticos en el Metro, apretujados camino del Estádio Da Luz (“que Juanito la prepara…y Santillana mete gol“). Tres, la foto en el café de A Brasileira ante la estatua de mi admirado Fernando Pessoa permanentemente envuelto en dos bufandas, una blanca y otra rojiblanca.

         Si un viaje se torna inolvidable es por imágenes bellas. Es como una boda: hay una única foto que se alza por encima del resto, y lágrimas, tantas como sonrisas. Así es un viaje bello, si no hay lágrimas y síndrome de Stendhal no hay viaje.

            Cuando evoco esos tres días lisboetas decido que hay viajes que son como un  hápax. La repetición no funciona en los viajes.

            Dos años más tarde volvemos a un nuevo escenario, pero aparece ese fenómeno de la repetición que mostrara Kierkegaard, o el déjà vu. Los mismos equipos de fútbol, casi los mismos jugadores, las mismas dos aficiones (ejemplar y soberbia la afición atlética), y la misma incierta duda.

            Sin embargo, como en los trajes de novia, hay algo nuevo, algo viejo, algo usado. Lo nuevo de Milán es que la guerra psicológica ha comenzado bajo la figura de la deuda. Se publicita que el fútbol debe algo al equipo perdedor de Lisboa. Y el cariño que se tiene al perdedor suma, mientras que gusta que los ganadores caigan. Y entonces hay una corriente de simpatía con el sufridor, con el perdedor, hasta el punto de que muchos ganadores no verían demasiado mal que se pagara la deuda con el equipo que siempre sufrió en los últimos minutos de las dos finales anteriores.

            Esa guerra psicológica ha brotado de forma natural y sin estrategia, lo que la hace aún más imprevisible. Pareciera que todos debemos estar alegres, lo sepamos o no, por un hipotético triunfo atlético y emocionarnos con las lágrimas de nuestros amigos más atléticos. Y pedir perdón si ganan los nuestros.

            De momento ya he sacado la camiseta q me regaló hace dos años mi hijo q reza “A por la décima”. En fin, “que sea lo que Dios quiera”.

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