Muchos son los que aman los viajes, y muchos los detractores de los puentes. Se avecinan días de un puente que es un acueducto, con los escolares sin jornada lectiva el día 7, entre dos días festivos. Este puente beneficia a un importante sector de nuestra economía, el turismo, lo que con el tiempo ha acallado las voces críticas, que veían en los puentes un problema.

El beneficio para la salud de esta posibilidad de descanso o de viaje es evidente.

Por un lado despegamos al trabajador enganchado febrilmente a su amado puesto de trabajo, obsesionado por la cifra hasta el punto de olvidarse de vivir. Ya sólo con lograr alejarse unos días de su “pupitre” puede darse una ocasión para encontrar una solución a lo insoluble. De hecho el encuentro con el acontecimiento imprevisto sirve para despertar del sueño de que todo es idéntico cada día.

La vida entre amigos, con familia, se alegra cuando el viaje largamente programado se aproxima, tras meses aguardando esta escapada (es curioso que se diga que escapamos, sin decir exactamente de qué) y se constata que un viaje comienza cuando se sueña.

Pero incluso quienes no viajan, encuentran estos días ocasión perfecta para el descanso. Para un no hacer nada, siempre muy interesante si se acierta a saber no hacer nada.

Swift en Los viajes de Gulliver logra relativizar los puntos de vista absolutos y poner límites a los extremismos. Algo de eso permite el viaje (siempre recuerdo a Magris y su idea del infinito viajar como el de atravesar todo tipo de fronteras, incluidas las psicológicas), nos confronta con otras maneras de vivir la vida, nos sumerge en otras culturas, nos lleva la mirada a un cuadro de un museo, a otro atardecer, a la poesía del paseo por una ciudad extraña.

Incluso el descanso y el “viaje” por nuestra propia y querida pequeña ciudad palentina, o el refugio en nuestros pueblos, en el turismo rural, con ese silencio único, con esa envidiada calma para el vecino de la gran ciudad, nos arroja un paisaje nuevo en esta semana de puente.

Quienes amamos los viajes, no podemos sino amar los puentes. Aún más los acueductos. ¡Buen viaje!

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