Nueva columna en Vecinos ilustrados del Diario Palentino por Fernando Martín Aduriz

 

Delirio en las gradas

 

Que todo el mundo delira se sabe. El problema no es ese, sino que se quiera imitar la locura del de al lado. Cada quien porta sus genuinos gramos de locura.

Si bien cada quien delira a su modo, existen delirios muy similares, casualmente pareciditos, y tan extendidos, tan oficiales, tan institucionalizados ellos por instituciones delirantes ellas, que producen delirios colectivos.

A lo largo de la historia hemos sufrido delirios compartidos por ingentes cantidades de seres humanos enloquecidos, repitiendo sin pensar las frases de otros, creyendo a pie juntillas en cosas bizarras, auténticas epidemias colectivas que han llevado a lo peor. El contagio hace que se asuman desde la cuna los ideales de otros, los delirios de otros, de suerte que a lo que es simple y llanamente un delirio se le llama tradición, y ya no hay vuelta de hoja. Son necesarios siglos para abandonar un delirio colectivo…para sustituirlo por otro.

Ahora bien, para delirio actual, nada como lo que los periodistas deportivos han bautizado como delirio en las gradas. En las gradas de un partido de fútbol se entiende.

No puedo dejar de contemplar siempre esos momentos delirantes no sólo como observador, pues es imposible para el observador no entender que es parte de lo observado, salvo si se es un positivista cientificista que delira con la creencia en los hechos objetivos. Esta semana, de hecho, en Zorrilla y en Balaídos, dos foros para contemplar ese delirio en las gradas, volveré a sumergirme en esa pasión a la espera de poder hacerlo, si finalmente consigo una entrada en el Estadio Da Luz, en la ciudad de Pessoa.

Y no veo posible no leer ese síntoma. Desde luego que prefiero ver fútbol, (si es posible buen futbol, pero ese es otro cantar, pues es algo que acontece una vez cada mucho), pero para mí no es menos atractiva toda esa parafernalia delirante que rodea al fútbol: los colores, los cánticos, el rugido de la grada como sujeto colectivo, la transformación de gentes educadas en insultadores de pro, la agresividad difícilmente contenida de gentes muy tímidas en su vida anterior, las lágrimas de los perdedores, las de los ganadores (¿por qué se llora tanto ahora?), los abrazos con gentes desconocidas (aún recuerdo los míos con José María, padre de Sergio Ramos, en el Nuevo Colombino), o sencillamente, lo imborrable de algunos recuerdos infantiles como cuando en medio del delirio de la Balastera, Márquez, el defensa central morado se transformó, con venda y sangre, en El Tigre. Fue una tarde de locura.

 

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