Puede que la auténtica base en que se cimentan nuestras libertades sea el absoluto derecho al secreto.

Como esos niños que ocultan un mínimo juguete que han sustraído a otros en un juego y guardan celosamente para que nadie lo descubra, así nos comportamos con nuestros valiosos secretos, separándolos del mundo.

De hecho, de ahí toma su acepción el secretum, de tamizar, de separar, secernere. Es algo que queremos poner a salvo, y que alejamos de las miradas, de los juicios, de las opiniones. Y de los hurtos, porque si confiamos nuestras cuitas en alguien y viola nuestro secreto, sentimos que hemos sido robados, que se han llevado un preciado bien, de un valor incalculable.

En la época de la transparencia, de la instantaneidad y generalización de las comunicaciones, pero también en el momento de la máxima vigilancia y del intento de desentrañarlo todo, nunca estuvo más amenazada la figura del secreto. Precisamente quienes tenemos el deber del secreto conocemos lo fundamental que es para muchas personas su inalienable y radical derecho al secreto.

Además sabemos que toda familia se funda en su constitución en el secreto, en un secreto que atraviesa a los propios protagonistas, quienes pasado el tiempo desconocen profundamente qué les ha llevado a hacer nacer ese grupo humano. Y a veces mejor no arrojar luz sobre lo que debe permanecer a salvo. No revelar secretos, entonces, debiera de ser un lema ético a transmitir desde la cuna, para preservar la libertad y la civilización.

Hay una serie amenazada hoy: el acontecimiento imprevisto, el derecho al fracaso, los enamoramientos improductivos, la poesía, las conversaciones sin fin, el derecho a la soledad, lo inútil con sus misteriosas utilidades, las cartas con sobre y sello escritas a mano, los niños jugando en la calle, el piropo, el respeto a las figuras del saber, guardar las penas en el fondo del morral, y el derecho al secreto.

Con todo, lo peor es que sin ese secreto (transitorio) celosamente guardado incluso para uno mismo, apenas podríamos dar un paso. Aunque confesarse la verdad es andar ligeros de equipaje.

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