Nueva columna en Vecinos Ilustrados de Fernando Martín Aduriz

    Desarraigo

 

“Viajar enseña el desarraigo, a sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa”. Con esa sentencia Magris anima al viaje como experiencia de errancia productiva. Se iguala así a los defensores del nomadismo por una buena razón: el nómada no puede almacenar muchos objetos, no puede tener en la vida más que los justos para poder transportarlos. Librarse de objetos, librarse del absurdo de hacer de la vida una acumulación de capitales y bienes, lo entiende muy bien el viajero empedernido, ese que se niega a echar raíces.

Ser desarraigado supone aceptar que la vida puede no vivirse allí donde la vivieron los predecesores, y esconde por tanto el temor al diferente, al otro, al extranjero, a quien piensa distinto, tiene una cultura otra o un color de piel distinto. En el ayer de Zweig la certeza que traía cada niño al nacer es que su lugar de nacimiento sería su lugar de destino mortal, pero en el hoy eso se hace dudoso, puesto que trabajar y vivir en el lugar en el que se ha nacido no va a ser tan fácil para los jóvenes de hoy.

De hecho los erasmus han podido comprobar, (si se han dejado) que es posible vivir en cualquier sitio, han leídootras culturas, han hablado la lengua del otro, han experimentado situaciones difíciles, lo que les ha confrontado con el miedo, y con ese sentirse siempre extranjeros en la vida del que habla Magris.

De hecho convivimos a diario con ese extraño que es nuestro propio inconsciente, ese otro que nos sorprende a diario con sus sueños, sus lapsus, sus fantasías. Por eso es llamativa la expresión de Claudio Magris animando a sentirse extranjeros incluso en casa, porque la primera casa en la que nos sentimos extranjeros es nuestro propio cuerpo, tan cambiante, tan desconocido. Siguiendo su lógica convendría sentirse extranjeros en nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestros vecinos, puesto que de ese modo huiríamos de la modorra de la rutina, del aburrimiento que da lo previsible y conocido. En realidad nos tranquiliza mucho suponer que conocemos al otro, y nos da miedo pensar que estamos ante desconocidos.

Montaigne, que prefería siempre el caballo para viajar, asociaba el miedo y el viaje, y se apoyaba en Plutarco quien sentenciaba que los mareos al viajar en barco tenían que ver con el miedo, pues descubrió que el miedo producía efecto semejante. En realidad el desarraigo da miedo, sentirse extranjero da pavor. Ocurre que cuanto menos miedo se tiene menos peligro se corre.

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