Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

 

Desasosiego y calma

Escribió Fernando Pessoa que la vida puede ser sentida como una náusea en el estómago, en unas palabras que definen su excelso libro, El libro del desasosiego, el tratado de alguien que parecía vivir entre las brumas de Lisboa escondido detrás de sus heterónimos, identificado a ‘todo es una ficción’, (“prestigio falso de la pompa de todas las realidades”).

Cuando alguien dice que la vida puede ser sentida como una náusea, retrata a todos aquellos que dicen vivir en constante desasosiego. Que es tanto como vivir en la incertidumbre permanente, y agobiarse por ello, hasta el punto de tener continuos encuentros con la angustia, ese afecto que no engaña.

Desangustiar, entonces, es la tarea, pues no es posible vivir junto a personas angustiadas, puesto que se produce el efecto vaso comunicante. Lo saben muy bien las madres que tratan de calmar al bebé cuando está más inquieto, normalmente con alimento, cuando no con lo más eficaz, unas pocas palabras, incluso unos susurros, una canción, o su mera presencia cercana. Lo saben muy bien quienes tienen responsabilidades sociales, pues tarde o temprano comprueban qué frases inquietan y qué propósitos calman a los grupos de los que son líderes. Y lo saben muy bien quienes tratan con personas difíciles, donde lo más inteligente es no agitar, o con personas frágiles, donde acompañar (y callar) ya es mucho.

Pues bien las fórmulas para calmar que cada cual inventa no son siempre las mejores. Y ahí tenemos la fórmula ‘trabajar y trabajar’ como artimaña para calmar el desasosiego, que lleva, literalmente, a morir en el trabajo; y ahí tenemos la fórmula ‘comer y comer’ que produce las epidemias de obesidad de nuestras sociedades o los atracones que calman y sacian (pero un breve lapso de tiempo); y ahí tenemos la fórmula ‘beber y beber’ que produce el constante aumento de la dipsomanía; y ahí tenemos la fórmula ‘jugar y jugar’ hasta la derrota ludópata; y ahí tenemos el ‘culto al cuerpo’, verdadera pasión por el trampantojo.

Todas estas fórmulas parecen dar la razón a Pessoa cuando se define como navegante por un desconocimiento de mi mismo. Son intentos de calmar ese desasosiego que se demuestran inoperantes, puesto que el retorno de esas fórmulas son más desasosiego, que además llega para quedarse. Desconocerse es el peor camino. El problema grave es vivir ignorándose.

Es genial cuando Pessoa deja escrito también en El libro del desasosiego, que como viajantes, voluntarios o involuntarios, somos solamente pasajeros que no deben dar demasiada importancia a las dificultades del camino, a las contundencias de la trayectoria. Pues eso.

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