Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

    Desconectar

 

La ilusión de conexión que vivimos merced a las redes, la inmediatez de los intercambios, la instantaneidad de las comunicaciones hace que necesitemos de vez en cuando, y especialmente en vacaciones, desconectar. Ocurre que hay que preguntarse si es posible.

La desconexión de la que hablamos es la del trabajo, del lugar donde vivimos, a veces de los parientes y las amistades, y en general del entorno en el que van pasando nuestros días. Pero otrora era posible, puesto que no existían estos inventos de la modernidad como Twitter, y podíamos ‘perdernos’ en cualquier montaña, con una tienda de campaña, y como mucho buscábamos una cabina de teléfono para contactar. Y veranear duraba un mes, no la exigua semana de la que disfrutamos ahora.

Sin embargo hoy todo ha cambiado, hasta el punto de que desconozco si existe alguien que pueda irse de vacaciones y no usar Whatsapp ni Facebook, ni recibir llamadas. Más bien calculo que la desconexión tiene hoy otra naturaleza. Desconectar puede llegar a ser objetivo de salud. Incluso me imagino ya cursillos de verano tipo “deshabituación de las conexiones”, en donde los participantes superan la dura prueba de estar un día sin tocar ningún gadget, sudando la gota gorda, y pasando a engrosar las filas de los que podrían alardear de haber vivido al menos un día en su vida sin ‘tocar’ el móvil o la Tablet o el portátil, como aquellos que vivieron como una hazaña el primer día sin cigarros, o el primer día sin jugar o el primer día sin alcohol.

Pero es que además otro problema gordo es desconectar de uno mismo. Ahí viene el nudo gordiano. Tratamos de irnos de vacaciones para poder huir de nuestras manías, de nuestras absurdas rutinas, de nuestras agobiantes obsesiones. Pero sucede que no podemos dejarlas en casa, y que tarde o temprano comprobamos que vuelven, que nos acompañan, que van pegadas a nuestro ser y que el ideal de vacaciones alegres y optimistas, sin enfados, libres, se torna en más de lo mismo, para verificar finalmente que desconectar desconectar, lo que se dice desconectar, no es tan fácil.

En el día de la proclamación de un nuevo Rey, me recuerdo un lema político que ilusionó al comienzo de los años ochenta: “Por el cambio”. ¿Quién no quería cambiar? ¿Quién no desea hoy cambiar?

Ante las vacaciones, como ante un nuevo Rey, los propósitos de cambiar, de desconectar de lo anterior, me evoca a la novela italiana Il Gattopardo, de Lampedusa, cuando Tancredi declara a su tío Fabrizio: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

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