«Hasta ese momento jamás habría imaginado que el mundo estuviera tan lleno de desconfiados (o quizá de gente empeñada en engañar a los demás)». Es una confesión del escritor japonés Haruki Murakami en un libro que ha aparecido este mes y que es una delicia: De qué hablo cuando hablo de escribir. Se refiere a que había abierto una página web para intercambiar mensajes con sus lectores (era ya un autor con millones de lectores en todo el mundo) y que respondía personalmente de su puño y letra, lo que le llevó a dedicar todo su tiempo únicamente a eso, pese a lo cual la mayoría no creyó que fuera él quien contestara personalmente. Es lo que le lleva a esa frase: un mundo lleno de desconfiados.

Susceptibles, recelosos, escépticos, incrédulo, escamón, da igual el nombre, lo cierto es que tras esa etiqueta se esconde, es cierto, una caterva de gentes que prefieren desconfiar de las intenciones del de enfrente, de dudar de sus rectas maneras de hacer las cosas, de someter a los otros a una inspección-juicio-evaluación constante y sistemática, y que aún así, nunca quedan conformes, nunca. Son los desconfiados. Son quienes enfrían las relaciones de convivencia, a veces hasta hacerlas insufribles.

Descartando a los paranoicos, cuyas certezas son de otra entidad, el mundo de la desconfianza presenta una paradoja. Desconfían de todo y de todos, salvo de una cosa: confían a pie juntillas en las razones que arguyen para ser desconfiados. Y en una primera lectura, cuando se explican, parecen tener razón, han sido victimas de engaños. Pero ¿quien no? Y de aprovechados y listillos, y se han topado con gentes en las que nunca habría que haber confiado pero ¿quien no? Esa contradicción que presenta el desconfiado hace ver que al margen de las sensatas razones que argumenta existe algo más propiamente suyo que va puesto.

Pienso que confiar, que seamos confiados, es lo suyo, y es lo que hay que hacer si queremos juntarnos a otros en todo tipo de empresas (amorosas, de trabajo, de vida), y pienso que hay que transmitir que la confianza es la base de los intercambios humanos, por más que la edad nos haya dado muestras de la frase de Murakami, gente empeñada en engañar a los demás. Pero qué sería de un niño si no confiara en sus padres, o de un adolescente si no confiara en sus amigos. ¿Qué sucede cuando no confiamos ni en nosotros mismos?

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