Días felices

Ángela González Delgado

            Freud fue un escritor prolífico, además muy elegante, y también premiado como escritor, al igual que nuestro conferenciante de hoy, Gustavo Martín Garzo. Veamos las analogías entre el escritor, la literatura y el psicoanálisis.

Dice Antoine Compagnon en “¿Para qué sirve la literatura”?, que “leemos porque, aunque leer no sea indispensable para vivir, la vida es más agradable, más clara, más rica para aquellos que leen que para aquellos que no lo hacen”; y evocando a Francis Bacon, “que si un hombre escribe poco, debe tener una buena memoria, si habla poco debe tener una mente alerta; y si lee poco, debe tener mucha astucia para aparentar saber lo que no sabe”.

Como psicoanalistas entonces, instruidos en la lectura del inconsciente, en su desciframiento (no todo), caminamos al lado de los escritores, y junto a ellos y a los poetas, y los inventores, y otras profesiones imposibles, formamos la tropa de quienes ejercen un oficio inútil, cuya utilidad radica en eso precisamente, al estilo del Manifiesto de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, hallazgo que agradezco a Fernando Martín Aduriz, y que sirvió a un Taller de Literatura que coordino en Palencia como libro del mes en una ocasión.

Reunidos, pues, hoy aquí, el club de los que defienden la utilidad de lo inútil en una época que desdeña el valor del aprender por el gusto de aprender, de leer por el placer de descubrir, de trastear, de imaginar, de fantasear, de conversar, el club que está marcado como la antigualla peligrosa e improductiva del psicoanálisis, aventura larga e inquietante, de demasiado esfuerzo intelectual tener que leer el inconsciente, cuando es mejor “no buscarle tres pies”, o “tomarse la píldora y obedecer”, junto a la música, la poesía, la filosofía, las lenguas muertas, y desterrado de las enseñanzas pragmáticas y con salida, reunidos hoy aquí en torno a una Biblioteca y de Psicoanálisis, nos corresponde no mirar atrás y definitivamente seguir nuestro rumbo, que como se sabe su éxito radica en que hemos renunciado a triunfar.

 

¿Quien no ha tenido, al leer a Freud, una experiencia de autodescubrimiento? Al leer esta frase en el libro de Compagnon que les he citado, no he podido más que reconocerme. Todos nosotros comenzamos un día a abriri las páginas de un libro de Sigmund Freud. Gustavo también, como ha dejado dicho en más de una ocasión.

Gustavo se describe a sí mismo como escritor, de esta guisa en el libro que hoy presentamos:  

 

“Jamás vuelvo a abrir mis libros una vez publicados. Solo tengo ojos para sus defectos y leerlos me desespera. Mi deseo sería volver a escribirlos, pero mi razón me desaconseja que lo haga, pues, ¿de dónde sacaría tiempo y energías? Aún más, tampoco tengo claro que pudiera hacerlo mejor. Alguien me dijo que los libros no se terminan, se abandonan, y es lo que he sentido yo con los míos. Al concluirlos siempre he pensado que no estuve a la altura de lo que me pedían, que fracasé con ellos. ¿Completamente? Es curioso lo que me pasa, me olvido de las palabras que escribo, pero no de lo que quisieron contar. Mi verdadero vínculo es con los personajes y sus historias. Son mis queridos fantasmas. Incluso a veces me dan pena y pienso que deberían haberse buscado a alguien más capaz para contar sus vidas.

Nadie puede decirlo mejor. Al menos yo nunca se lo leí a nadie.

De este modo describe Gustavo Martín Garzo la particular relación con su obra. Lo hace en un articulo que se llama “Los libros que escribo”. Este forma parte de los cuarenta apartados que componen el volumen Días felices que hoy presentamos. Un abordaje particular éste de ofrecer a los lectores una pequeña obra literaria de aparición quincenal en un medio de comunicación. Concretamente en el suplemento cultural del Norte de Castilla. A partir de hoy disfrutamos de una recopilación de algunos de ellos, bellamente ilustrada por Beatriz Martín Vidal.

 

Este formato me hizo pensar en la figura de Gustavo como la del escritor en la ciudad. Acercar la literatura, la buena literatura a los que adquieren un periódico, dejar caer una perla literaria, dulcemente, cada quincena transforma a los compradores en lectores casi de un modo imperceptible. Y es además un tesoro para aquellos que ya lo son.

Quisiera formular unas preguntas para las que no tengo todas las respuestas: ¿Es posible, en esta época nuestra, hacer un elogio de la literatura? ¿Es la literatura esa herramienta que nos permite percibir mejor, sentir mejor? ¿Tiene acaso una obra literaria un poder emancipatorio? ¿Es siempre amable? ¿Puede inducir a despiste, perturba, incomoda? ¿Nos hace mejores? ¿Más sabios?

 

Desde luego, el texto literario supone el marco ideal para la exposición del inconsciente. El mundo de las ilusiones, de los anhelos, es el mundo de lo que nos queda como el deseo insatisfecho. Eso es el inconsciente. Lacan dijo que el inconsciente es la política (hoy es un día para recordarlo, final de una campaña electoral intensa), pero también dejó escrito, Jacques Lacan, que el inconsciente era “Baltimore al amanecer”; es decir, se produce una pulsación, aparece algo fugaz y desaparece, como las luces que parpadean al iluminarse un nuevo día. Eso es un libro, un paseo por nuestro inconsciente donde algo siempre se pulsa, se enciende, se ilumina, se evoca.

 

No necesitamos explicar que un buen libro nos cambia la vida. Tampoco necesitamos justificar, como ya expresé en el Encuentro-Coloquio “Efectos del psicoanálisis”, que a mí el psicoanálisis me había cambiado la vida. Pero desde que cada domingo mi padre me compraba historietas y libros cada mañana en la Papelería Morrondo, de la Calle Mayor palentina, la literatura fue cambiándome poco a poco.

Cómo no hacer entonces un elogio de la literatura y cómo no hacerlo ante en encuentro como el que hoy nos convoca. Presentar un libro siempre es un placer y presentar un libro de Garzo, un doble placer en un Centro como éste. Consentimos haber perdido un gran psicólogo infantil pero solo a costa de contar con tan gran escritor.

Finalizaré con las palabras de Garzo en el artículo que antes cité:

 

 

“Me gustaría por eso que mis libros guardaran, como el pequeño cofre de “la princesa manca”, algo vivo y desconocido, y que leerlos sea hacerse cargo de ello; que el lector, como el protagonista de esa fábula, tuviera que entregarle su propia sangre para hacerlo vivir. Supongo que es absurdo esperar algo así ¿pero qué puede esperarse de alguien que escribe libros sino que pida cosas absurdas? Rosa Chacel dijo que escribir era el deseo de irse por lo tejados. Todos mis libros fueron escritos al dictado de ese loco deseo.”

Muchas gracias.

 

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