Recuerdo aún sus viajes a nuestra ciudad desde hace quince años para dictar conferencias y seminarios, cuando era un treintañero ya muy leído. El comentario unánime de los que acudían a escucharle era que sabía transmitir. Es verdad que, políglota, domina el castellano a razón de sus lazos de amor. Sin embargo, no es por eso que sabe transmitir, ni tan siquiera por su mucho acervo cultural y formación psicológica y filosófica, ni porque enseñe en la Universidad. Creo que cuando se dice que un psicoanalista sabe transmitir es porque se dirige a un público, y no solo a su psicoanalista.

No parece difícil percatarse de que alguien habla para el cuello de su camisa, habla para sí mismo, o habla para alguien a quien admira, esperando la imaginaria aprobación, pero no habla para sus interlocutores. Esa chance parece darla el paso por un diván que permitiría, en teoría, poner al margen las propias pasiones, los propios prejuicios, los propios modos de leer el mundo, para poder penetrar sin miedo en los laberintos del de enfrente.

Aún más difícil parece el trato con el sujeto anoréxico, o bulímico, para quien sostener una conversación auténtica puede ser vital. Y ese aplomo parecen otorgarle muchos a nuestro vecino ilustrado de hoy, conferenciante de nuevo en nuestra ciudad, ya un paseante, a lo Walser, de nuestra Calle Mayor.

Y ya aún más extraordinario es que los propios psicoanalistas le otorguen responsabilidades, le escuchen relatos de su propia experiencia analítica, es decir de su propio paso por un diván, le soliciten que hable, ya sea en San Francisco, París, Málaga o Palencia. Extraordinario porque eso parece indicar que estamos ante alguien excepcional, pues como tantas y tantas gentes excepcionales, lo son en tanto nunca exigen privilegios de extraterritorialidad.

La lección que obtenemos cuando nos topamos en la vida con alguien de esta estirpe, que se dirige sin ambages a su interlocutor para compartir y no para imponer, con alguien que está curado de la enfermedad del amor propio, con alguien que sabe perder, es la lección de que no hay nada peor que debérsela al mejor.

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