Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

El narcisismo de las pequeñas diferencias

 

Las comparaciones son odiosas. Quizá por eso atraen tanto. Mirar al de al lado para ver si es mejor tratado, comprobar cuánto se le da, verificar si obtiene mejores beneficios o resultados, si es más querido, en fin, evaluar las mínimas diferencias entre unos y otros, pasión histórica, hoy aparece epidémica entre los sujetos de nuestra época.

Es observable esa cárcel privada en que permanecen los sujetos que se aman con fruición, encapsulados en su anonimato interior, temiendo toparse con su auténtico nombre en el exterior. Una cárcel con un taller favorito, la rumiación del comparar y compararse con los otros. De ese laberinto veces se sale con las lanzas de la venganza y el desafío, mientras que en otras la salida es la decidida sombra de la tristeza con su resorte melancólico.

Quiero decir que la pugna con los otros, en realidad es con uno mismo, aún cuando el sujeto no lo sepa, creyendo ver en los demás sus auténticos rivales, siendo ese desaforado amor propio quien impide dejar de husmear en las diferencias de trato entre iguales, en si se sufren o no distingos. Y es una lucha con uno mismo porque se trata de ganar la batalla al empuje a esas astucias incansables del amor propio, o pasarse al enemigo, amarse más y más cada día, amar con locura al personaje que se cree ser.

Ocurre que ese narcisismo de las pequeñas diferencias es demoledor para el lazo social, pues el sujeto infatuado rompe toda convivencia, creando un malestar social permanente al reivindicar ese elogio a su yo, incapaz de aceptar que existan otros egos, escrutando esa hipotética mínima diferencia, ese insignificante reparto desigual de bienes o cariños, proclamando a voz en grito que se recibe una pizca, una micra de menos. Para el amor propio esa pequeña herida al orgullo es magna, afrenta intolerable que se resume en “al otro se le da más que a mí”.

El narcisismo de las pequeñas diferencias, expresión de Lacan, evoca esa mágica expresión freudiana de “su majestad el niño”. Y en cierto modo no es sino una ramificación de la batalla que se libra para no dejar de amarse, pase lo que pase, y se haga lo que se haga, pues ya se sabe, desde esa sentencia de La Rochefoucauld, que “el amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este mundo”.

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