Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario palentino

El pasado no es lo que era

            Algunos argumentan mucho estos días en las Redes, eso de que el pasado es el pasado, y de que todos tenemos pasado, y de que no importa el pasado de nadie, descalificando de paso a quien rebusca en el pasado de alguien las claves para entenderlo mejor en el presente.

Si esta tesis triunfara, ganarían mucho quienes desde el positivismo y el conductismo, huyen de interesarse por el pasado, centrándose en los comportamientos e ideas presentes, sin importar la historia subjetiva por escuchar. Lleva mucho tiempo, dicen, y ellos no disponen de tiempo. Pero si esa tesis, ¡nada de remover el pasado!, triunfara, también ganarían mucho los impostores, es decir, quienes se fabrican constantemente nuevas biografías, nuevas coartadas para ser siempre el desconocido de la siguiente ciudad. Tal cual ese aserto de Baltasar Gracián, “cada día tiene su afán”, frase de frontispicio para un banquero, Botín, para justificar razones de negocio, claro.

Hace un tiempo me envió un amigo, escritor y columnista avezado, su último libro, Hacia dónde va el pasado. Manuel Cruz hacía referencia a que el pasado no es estático, no existe eso de “el pasado es el pasado”, sino que es cambiante en función de nuevas informaciones. Es lo mismo que acontece a lo largo de un psicoanálisis, cuando se van modificando los recuerdos a medida que se van desempolvando de nuestros archivos secretos.

Pues bien, claro que importa el pasado. Máxime si nos disponemos a confiar en alguien para cualquier empresa o proyecto. ¿El lector se embarcaría en algo con Luis Roldán o con Urdangarín? ¿Se montaría en un avión pilotado con alguien idéntico al piloto de Germanwings? ¿Confiaría sus ahorros al estafador Pepe el del Popular? ¿Irían mañana otra vez a contratar una ristra de preferentes? ¿Confiarían en alguien que dice llamarse de una manera, aunque en realidad se llama de otra? El proverbio ya advierte de que “el mentiroso ha de tener buena memoria”, y Borges: “Sólo una cosa no hay, el olvido”.

Ocurre que solemos dar un margen de confianza cuando conocemos a alguien. ¡Un margen! Los más confiados, como es mi caso, una ración amplia, pero porque entendemos que no se puede construir un vínculo con desconfianza, y porque detestamos al desconfiado: calcula en beneficio propio siempre. El listo desconfiado, ventajista donde los haya, acaba riéndose del pobre confiado, pero, ¿acaso nunca confió en nadie? El problema es que, en quien no confía, es en sí mismo.

En una palabra, que desentenderse del propio pasado es sospechoso. Y hoy, absurdo. Es cuestión de tiempo. Y de Google.

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