Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

El susto del amor

Decía Márquez que la cultura es el aprovechamiento social de la inteligencia humana, y que cultura es todo. Pero también dejó escrito el autor de Cien años de soledad que lo prioritario eran los sentimientos, y en especial ‘el susto del amor’.

Al hablar el Premio Nobel de Literatura de las mejores virtudes humanas del siglo XIX se refirió al idealismo febril y la prioridad de los sentimientos. Y al explicar qué entendía por prioridad de los sentimientos simplemente abrió los dos puntos y escribió la frase que hoy traemos a la columna: el susto del amor.

El amor como un susto.

Por un lado sabemos que quien no se atreve a los riesgos del amor, a los quebraderos de cabeza, a esas delicias del secreto, de la clandestinidad, de las infinitas dudas, de las esperas interminables, en fin, de todos esos fenómenos tan bien descritos por Barthes en su decisivo Fragmentos de un discurso amoroso, en definitiva quien no se la juega, nunca va a saber lo que son los sustos del amor. Quien decide no arriesgarse y caminar por el inseguro camino del enamoramiento, de las decepciones, del desamor y sus dolores, del amor no correspondido, en suma quienes prefieren la tranquilidad de la soledad no se llevarán nunca un susto, claro.

Los sentimientos asustan. Claudio Magris, nuestro autor del verano, situará los sentimientos a la cabeza de la cultura. En “Las alegrías del desclasado”, recuerda una perla de Napoleón, (quien se sabía casi de memoria elWerther) cuando el francés reprochara a Goethe que no dedicara todo el texto, entero, a la tragedia amorosa. Es decir que el amor por encima de todo, vino a decir el emperador, pues Goethe se habría explayado demasiado con las vicisitudes políticas.

Quiero esto decir que cuando los sentimientos están a flor de piel nada importa a la gente acerca de la marcha de la ciudad. El enamorado por ejemplo está en su nube, mientras el triste permanece en sus cuitas, el frívolo en sus oropeles, el adicto en sus objetos y el cobarde atrincherándose.

Y justamente la lección de Magris, de Márquez, es que sin sentimientos no es posible el encuentro social, y asíquien no tiene sentimientos no tiene sustos de amor. Cuanto menos se podría, tal y como reflexiona Magris en “El déficit del amor”, amar (en diferencia a la forma de amar de las mujeres) con la particularidad con la que aman los hombres, «ama in transferta», ama de paso.

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