He descubierto un gran libro, En tierras de ficción, de Roberto Saladrigas (Menoscuarto, 2017). El autor, crítico literario en La Vanguardia, disecciona autores y textos con una profundidad, y sobre todo con una elegancia inusual. Estoy aprendiendo mucho con sus visiones de Nabokov, de Borges, de Joyce, de Bessa-Luís, de Ivo Andric, de Chéjov, y sobre todo, su gran resumen de Zweig. Y aún me resta Proust, Poe, y claro, dejaré para el final a Max Aub.

Es curioso que alguien que escribe en periódicos y como en una suerte de juego de espejos, mencione un libro de Borges que acababa de aparecer, en estos términos: «La disciplina de una colaboración semanal le obligaba a un permanente estado de alerta». Me evocaba la selección de artículos del periodismo alemán efectuada por Uzcanga Meinecke titulada La eternidad de un día. La alerta de Borges para estar al tanto de lo que acontece en su momento es la misma de Saladrigas en su trabajo cotidiano, la que empuja al columnista de prensa mientras el día se nos hace eterno.

Como sucede con el comentario del Ulysses de Joyce, que transcurre en un solo día de la vida del agente de publicidad apellidado Bloom. Saladrigas sabe que algo del acontecer diario está en juego cuando se trata de unir ficción y realidad, o si se quiere, cuando se trata de saber que no hay nada de la realidad que no sea ficcional (la vida es sueño), que la ficción, como mostró ya Jeremy Bentham a comienzos del XIX, atraviesa saberes y prácticas, como por ejemplo las ficciones jurídicas y políticas de cada momento histórico.

Ahora bien, cuando evoca a Nabokov, y su Curso de literatura rusa, no puedo por menos que admirar el detalle de fijarse en el detalle: empezó por inculcar a sus alumnos la pasión por el detalle, dice de Nabokov, y añade, les hacía el esquema del vagón-cama de Ana Karenina viajando de Moscú a San Petersburgo. Creo que la pasión por el detalle es la de Saladrigas, creo que la pasión por el detalle es lo que alimenta la pasión del escritor, y de quien habita las tierras de ficción.

Eso sí, a condición de aceptar que no hay nada no ficcional.

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