Una de las estudiosas de la obra de Kafka, la crítica Marthe Robert, por tanto muy conocedora de lo que era el gran escritor checo, manifestó en una entrevista que para Franz Kafka, «un libro debe ser como un hacha que rompe ese mar helado que hay en todos nosotros».

¡Un mar helado! ¿Quiere eso decir que nos habita un mar helado a la espera de un libro, del libro? Cual la docta ignorancia, de la que hablaba Montaigne, se precisa de captar que no sabemos nada de lo más transcendente, que cuando abrimos un libro todo empieza de nuevo, que cuando escuchamos a alguien aceptamos dejarnos enseñar por sus palabras.

Pero un mar helado también habla de la radical exclusión en que vivimos, de la absoluta soledad en que nos encontramos, del exilio al que nos ha empujado la maraña del lenguaje, y por tanto sabedores de lo alejados que estamos incluso de nosotros mismos. Decir mar helado es tanto como decir incomprendidos y extraños por un mundo hostil necesitado de buenas palabras, de las mejores palabras, y lo que es más difícil, bien ordenadas, para sentir el calor que tanto precisamos para abandonar ese mar helado.

Y de la frase de Marthe Robert también extraigo el significante hacha. Creíamos que un libro era un mundo amable y amistoso, el mejor amigo un libro se decía, pero ese nombre de hacha, trae una resonancia dura, de golpe, de corte. Quizá sea eso lo que ha supuesto en nuestra vida el encuentro con algún libro, un corte, una sorpresa, un antes y un después. Pensándolo bien es verdad que únicamente un puñado de pocos libros han significado una ruptura en nuestras vidas. Un hachazo.

Y es cierto que demasiados libros han sido olvidables, pese a lo cual tienen que convivir en silencio en nuestra biblioteca junto a ese libro que nos dejó perplejos, que nos hizo repensar todo de nuevo, que nos transportó a escenarios inimaginables o que nos unió para siempre a personajes inolvidables. Siempre recordaré la bondadosa humanidad llena de humor de Neill, el maestro y director de la escuela de Summerhill, o la sinceridad pasmosa de un Freud narrándonos sus propios sueños.

Sería un buen ejercicio refrescar nuestra memoria y evocar ese libro de nuestra adolescencia, cuando necesitábamos salir del naufragio de los mares helados en que navegábamos mientras despertaba la primavera de Wedekind.

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