Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Forzamientos

Forzar a saber, como forzar a comer, tienen un retorno conocido: congelan el deseo.

La deriva conductista nos ha llevado a palabras huecas, como la palabra motivación. Escuchamos con frecuencia eso de que ‘no está motivado’. Y entonces se pone el acento en motivar, y se dice de alguien que es un gran motivador, o no. Y en ese camino encontramos que para que nuestros jóvenes estudien se precisa de buenos motivadores, y de buenos motivos, entre los que destacan por mayoritarios las estériles negociaciones: tú estudia, saca buenas notas y yo te compro algo (este algo ha cambiado a lo largo del tiempo, desde la bici de nuestra adolescencia a la Play o el móvil), todo lo cual nos ha conducido, oh maravilla, a las tasas de fracaso escolar que conocemos, y lo que es peor, a este atroz panorama intelectual, en el que los estudiantes dicen que no leen porque no tienen tiempo, y los profesores tampoco porque tienen que pasarse el día midiendo y evaluando lo poco que estudian sus alumnos porque no leen.

La letra con sangre entra, forzamiento clásico, ha dado paso a la técnica conductista de la motivación, nuevo forzamiento que desconoce que lo esencial es no ser tan brutos de forzar a hacer lo que no se quiere, cuando en el fondo no se desea. Y que ignora que la pregunta correcta apunta a la causa, interroga el por qué no se desea saber.

Forzar a saber es absurdo, ineficaz, y castigar por no querer saber, por no querer estudiar, por no atreverse a afirmar la propia ignorancia, está directamente relacionado con otra bandera conductista, y cognitivista también, la tontería de la autoestima. Es justamente el revés de la autoestima, descompletar la infatuación, (Cancho y María Moliner me han enseñado que descompletud no existe) la operación que produce los mejores efectos en el anti-estudiante, el estudiante que estudia sólo para aprobar, o que ni eso, y en el engreído cotidiano.

Igualmente forzar a comer produce un estrago y un odio a la comida que nos lleva a las peores figuras de los desórdenes alimentarios, conocedores como somos del latiguillo familiar que nos golpea con la horrenda frase del “cómetelo todo”. Son forzamientos idénticos como se demuestra cuando algunos ‘se comen los libros’, con la indigestión subsiguiente.

Atreverse a saber implica perder el miedo a lo desconocido, penetrar en territorios ignotos proclives a nuestro ridículo, o toparnos con desesperantes barreras infranqueables. Pero dedicar una vida al estudio es apostar por la libertad, y de paso, combatir a los forzadores.

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