Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Hacerse el idiota

            Es lo más inteligente, hacerse el idiota. Es la prueba de oro para los más superdotados sociales por lo difícil que les resulta.

            Para el idiota cotidiano hacerse el interesante, hacer que lee, dárselas de tipo intelectual, es sencillo, y además siempre encuentra público devoto que se reconoce en su necedad. A la inversa, para el tipo inteligente, tragar con las idioteces que se escuchan a diario es insufrible. La lógica de las argumentaciones, las relaciones de hechos, la búsqueda de la etiología, el chispazo conclusivo, todo ello se le hace insoportable cuando lo contempla en la vida social: en el bar, en la prensa, en el tertuliano, en las reuniones familiares, en la conversación política.

            Para esconderse de ese mundo puede huir, pero el precio a pagar es un aislamiento efectivo. También pueden ir a la búsqueda de otros interlocutores, (‘estoy más a gusto con libros que con personas’, dice un amigo) tipo Stendhal o Montaigne, quienes al menos no escribieron estupideces, y pueden alegrar el día, pero el coste es también una soledad incomunicable si se alarga mucho el trato con los escritores muertos. También puede optar por un refugio de pocas gentes con quienes compartir cuitas, pero esos intentos exclusivos, muy naturales, presentan también el marchamo de la huida al claustro de los pocos, los que devuelven un reconocimiento que a su vez piden, en un circuito de asistencia mutua que finaliza en el odio recocido a fuego lento.

            La salida que descubre, más tarde que pronto, es que lo más inteligente si se quiere convivir, es hacerse el idiota. Hablar idioteces para ser entendido, escuchar idioteces sin reacción corporal, leer idioteces sin control de pulsaciones. Quien no sabe hacerse el idiota y trata de hacer entrar en razón al descerebrado cotidiano, con un fracaso absoluto desde el patio del colegio, evita quedarse solo, no caer mal, no brillar, pasar desapercibido.

            Acaba convencido de que no queda otra si desea vivir una soledad que no se diluya en el refugio del aislamiento, pues no han de confundirse soledad y aislamiento, (al menos desde que Lord Byron proclamara que salía de casa para renovar su apetito de soledad).

       Para evitar la soledad, aislarse no es el camino, pues allí no se encuentra. Para evitar la soledad hay que hacerse el idiota.

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