Si el amor propio ha sido lo suficientemente vapuleado, entonces podemos estar de acuerdo con Virginia Woolf, cuando comienza así su libro Horas en una Biblioteca: «Comencemos por aclarar la antigua confusión entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos». La escritora opina que el lector que anhela ser un especialista, una autoridad en una materia, desde luego abandona una pasión más humana, la desbordante pasión por la lectura pura y desinteresada.

Por cierto que mantiene en la fecha en que lo escribe, seguramente los años veinte del siglo XX, algo muy discutible hoy: «la gran época para la lectura es la que va de los dieciocho a los veinticuatro años». Hablaba de ella y de su generación. Porque hoy a nadie se le ocurriría decir que los grandes lectores de nuestro momento son los jóvenes. Para nuestra desesperación más bien tenemos que colegir que los jóvenes cuando entran en una biblioteca es para estudiar…apuntes, o para sacar algo audiovisual, o algo obligado. Leen por obligación. Al menos eso cuentan. Leen por interés.

Por eso me interesa profundizar en esas palabras de Virginia Woolf: lectura pura y desinteresada. ¿Qué ingredientes tendría una lectura así? Ya Flaubert habló de leer para la vida, evitando al ambicioso que lee para instruirse. El desinterés de leer pasaría entonces por no buscarle un objetivo mercantil, como tristemente ha derivado el estudio de los idiomas, obviando el costado placentero de ahondar en el saber, en el acervo cultural. Los mismos que obligan a leer a un adolescente, pese a que ellos jamás abren un libro, son los mismos que le empujan a estudiar idiomas para obtener un rédito futuro. Creo que a estos no se referían ni Flaubert ni Woolf. El desinterés implica no un cálculo de coste/beneficio, como quien se inscribe en una asociación cultural porque piensa que le va a reportar algo a cambio.

El desinterés del lector se nota cuando se escucha a alguien que ha leído un buen libro y habla de él con amor, con sorpresa, con agradecimiento por las buenas horas que pasaron juntos, escritor y lector, libro y lector.

 Lectura pura y desinteresada evoca una lectura por puro placer. Tendríamos que interesar más a nuestros jóvenes e ilustrados vecinos por pasar horas de lectura desinteresada en una biblioteca. Por el interés de todos.

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