Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Ich probiere

“Estoy probando”. Es lo que un tal Paul Ehrlich contesta a su profesor, Waldeyer quien lo ha narrado en un libro, Recuerdos. El profesor se percata de que Ehrlich pasaba largas horas muy absorto observando cosas al microscopio, y manchando la mesa con diversos colores, por eso le pregunta, y por suerte para la ciencia le permite seguir: “Continúe con el juego”. Finalmente el alumno se graduó en medicina, pero porque nadie pensaba que fuera a ejercerla. Él siguió probando, sin buscar la utilidad, curioseando, porque tenía interés por el saber y no por la eficacia y rendimiento de su investigación. Su compañero, Weigert, los asociados a Koch, estudiosos de la bacteriología, fueron usando de esos juegos curiosos de Ehrlich, y él mismo desarrollará el coloreado del frotis de sangre con tintes que fue una base para seguir investigando acerca de los glóbulos blancos y rojos de la sangre y su morfología.

Ehrlich con 17 años era discreto y autosuficiente, alumno en Estrasburgo, pero sobre todo curioso, y seguramente su Ich probiere no sería aceptado hoy por los evaluadores, los de los protocolos, ideólogos de la eficacia y el rendimiento. Hoy sería un estudiante no rentable para los institutos privados de investigación, pondría de los nervios a los economicistas que buscan los retornos de las investigaciones, impulsados por la codicia de la industria farmacéutica, cuanto antes, por favor, dese usted prisa, deje de jugar, y al grano.

Lo útil mata la curiosidad. “Defiendo más bien la conveniencia de abolir la palabra utilidad y liberar el espíritu humano”, proclama Flexner en su ensayo de 1939, La utilidad de los conocimientos inútiles, escrito para demostrar que la vida intelectual y espiritual conduce a utilidades insospechadas. Un ensayo increíble escrito según su autor para apostar por los que cultivan la belleza, extienden el conocimiento, curan las enfermedades y alivian el sufrimiento de sus iguales a la vez que incomprensiblemente han de luchar -¡diariamente!-, contra aquellos que justamente difunden dolor, fealdad y sufrimiento, es decir, históricamente una parte considerable de la humanidad que ha gustado de hacer la vida imposible al de al lado.

Por cierto, ese alumno de diecisiete años que trasteaba con manchas de colores aportó a la ciencia la teoría de la inmunidad de cadena lateral, base de la respuesta inmunológica –o también la bala mágica, primeros compuestos para curar infecciones– y además obtuvo un pequeño premio al final de su carrera. Allá por 1908. El Nobel en Medicina por sus aportaciones en la química inmunológica. El que “estaba jugando”, Ich probiere.

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