Nueva columna de Fernando Martín en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

No he conocido mejor descubrimiento clasificatorio que el de clasificar a alguien como inclasificable. Sin caer en el vértigo de las listas, como el libro homónimo de Umberto Eco, pues no se trata de efectuar una lista de inclasificables, hay que reconocer la comodidad que nos proporciona encasillar a alguien como inclasificable. Se trataría de entender como tal a sujetos refractarios a mantener rasgos comunes con sus semejantes.

En la vida familiar, la figura del inclasificable se reconoce cuando nadie sabe qué hacer con ese personaje entrañable que va por libre, que hace cosas bizarras, que se sostiene a sí mismo y trata con desdén a cosas, y leyendas familiares.

En la vida social el inclasificable huye de los convencionalismos, y al no poder formar parte de ningún colectivo, al ser un elemento único de un conjunto único no hay manera de atar cabos con él.

De acuerdo que cada uno de nosotros tiene un punto singular imposible de hacer serie con nadie, es eso que llamamos nuestro síntoma. Pero siendo muy diferentes unos de otros, a causa de esa singularidad que nos otorga nuestro síntoma, lo más íntimo pero a su vez lo más visible, encontramos a la vez los puntos que nos permiten unirnos a otros para una empresa en común, la que sea, y de ahí vamos de cabeza a una lista clasificatoria. Y así formamos parte de asociaciones, de colectivos varios. Pues bien no encontrarán ahí a ningún inclasificable, opuesto por definición a formar parte de lista alguna. Y cuando lo está, ello no quita potencia a su ser inclasificable, pues perfectamente puede conducirse en esos colectivos como la rara avis que es.

Por eso digo que los inclasificables han supuesto la mejor noticia, pues de lo contrario nos rompemos la cabeza para encasillar a alguien que de por sí es eso, incasillable, no hay casilla que valga para él, mientras que recurriendo al concepto de inclasificable respiramos aliviados.

Una comunidad de inclasificables, al hilo de lo que escribe Blanchot en La comunidad inconfesable, sería un buen horizonte si partimos de ese inclasificable generalizado en que podemos a ubicarnos todos, uno por uno. Pero tendría también la tarea, siempre en crisis, de aunar lo común con lo subjetivo, de evitar a toda costa que la comunidad, lo comunitario, lo que es de todos, no borre la diferencia, no elimine la subjetividad. Que se acepte a los inclasificables como parte natural de nuestro paisaje ciudadano.

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