Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Itz

 

La palabra es la palabra. Aserto de los caseríos vascos ancestrales donde  los acuerdos consistían en ese itz-itz. Tiempos felices en donde los tratos se producían bajo ese manto protector que es la palabra dada.

Cuando se da la palabra ya no hay marcha atrás, alea jacta es. La confianza es la base de nuestros intercambios, de los negocios, de los acuerdos profesionales, de las relaciones de amistad, del flujo de itz-ixil, (secreto), de la relación de amor y de pareja, de la educación de los hijos y de que podamos salir tranquilamente a la calle a pasear. Sin confianza en la palabra del otro apenas nos restan cuatro cosas que hacer.

Precisamente la base de la existencia del suspicaz, del desconfiado cotidiano, es el historial de episodios que ha archivado, en donde se verifica que alguien faltó a su palabra. Ocurre que hay una clara división entre la necesaria cautela que hemos de tener a lo largo de nuestra vida para saber si estamos ante un traidor, un descerebrado o un mentiroso compulsivo, y la certeza axiomática de quien no duda de que el otro siempre nos faltará a su palabra, certeza que instaura otra dimensión más patológica.

Dos remedios se intuyen. Por un lado la firma ante un papel, lo que nos asegura de que no hay escapatoria posible al pacto así sellado. Por otro lado, nunca dar la palabra si no se está absolutamente convencido de que se va a poder cumplir.

Preferir la palabra dada a una firma en un papel, puede ser un vejestorio, una antigualla de los tiempos felices de los caseríos vascos, de la nobleza y reciedumbre del vasco, siempre admirado por ello por el castellano. Pero reconozcamos que nos tranquiliza mucho rodearnos de gentes de quien nos podemos fiar. De hecho se dice, itz-e-Ko (de la hermosa lengua vasca), esto es, alguien es de palabra. Ser de palabra no es mal programa: mejor en psicología confiar en el poder de las palabras que en el de los medicamentos, y en la empresa mejor rodearse de quien es de palabra que de contratos y cláusulas. Por no hablar de los asuntos de amor.

Es un tesoro estar junto a gentes de palabra. Y no solo eso. Nada nos emociona más que cuando nos comprometemos a algo con alguien y podemos cumplirlo mutuamente. Porque itz es itz.

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