Sentencia Shakespeare a través de Hamlet, palabras finales, que “el resto es silencio”. ¡Cuánto nos hemos orientado con esa simple frase! Y qué importante es el uso del silencio cuando queremos comunicar algo. Traemos a la columna a uno de nuestros mejores comunicadores, Juan Francisco Rojo, en la Radio desde los 23 años, y por si fuera poco, actor de teatro desde hace treinta y cinco años.

Por lo que sabemos, nuestro vecino ilustrado de esta semana es un enamorado de Shakespeare, en quien ve la esencia del teatro. Antonio Hermoso, que acaba de dictar estos días una soberbia conferencia “Muerte y teatro”, ya había leído todo Shakespeare a los quince años, y Juan Francisco profesa ese mismo amor, que se muestra contagioso, (para dar un Seminario acerca de Siete clases sobre Hamlet de Lacan, leí en un certero ensayo que el deseo mimético y la envidia son registros clave en Shakespeare: «la envidia subordina el algo deseado al alguien que mantiene con ese algo una relación privilegiada»).

Creo que un buen comunicador maneja muchos registros: la ironía, la puesta en escena, el secreto, el suspense, el despertar emociones…también puede tranquilizar o excitar pasiones, hacer reír o apenar…En fin, creo que un comunicador almacena en su archivo memorístico tantos datos, actualizados cada día, que viene a ser una suerte de gran memoria de una ciudad.

Me pregunto si el teatro nos sigue siendo necesario para vernos, para escuchar lo que no queremos saber (de nuestra envidia, de nuestra existencia mortal, de nuestros deseos más ignotos), o por eso mismo va a ser arrinconado en el cuarto de las cosas inútiles. Al igual que cabe preguntarse por la función de un comunicador en una sociedad lleno de pequeños comunicadores con su móvil en la mano. ¿Acaso este pequeño comunicador generalizado sabe callar?

Sea como fuere, aún disponemos de comunicadores como Juan Francisco, en su saber decir teatral, en su dominio escénico tras tantos años recorriendo escenarios, calles y gentes, en su acompañarnos cada día desde la radio. Necesarios en la vida de la ciudad, pues siempre, siempre, “el resto es silencio”.

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