Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

La crisis de las ciudades provincianas

La crisis tiene el marchamo de lo tenue, de lo que teniendo una norma aún no tiene una forma, lo que abandona el no-ser para entrar en el ser. Tenuidad es un concepto inquietante, pero lúcido, y convincente para percibir las crisis.
Pues bien, en las pequeñas ciudades provincianas, donde nunca pasa nada, donde falsamente se dice que “nos conocemos todos”, en las pequeñísimas ciudades en la que transcurren nuestras horas, demasiadas voces hablan ya desde hace muchos años de la crisis irreversible de la pequeña ciudad.
Demasiado abandonada, con un pulso vital muy mortecino, tanto a nivel económico, como social y cultural, la pequeña ciudad provinciana puede que haya entrado en crisis. Lo tenue aquí sería ver que la crisis aún no tiene una forma de crisis total, pero que aparecen indicios de que una vez traspasado un umbral, ya es imposible dar marcha atrás, como en esas crisis anoréxicas en las que es imposible la no hospitalización porque el organismo va por libre, y el aparato simbólico no es suficiente para detener la crisis.
Algo de esto parece acontecer en las pequeñas ciudades provincianas que habitamos. La crisis se ve agudizada por la marcha de los jóvenes, por el lento envejecer de sus poblaciones, por las nuevas tecnologías que recluyen en las casas y que asolan cines y librerías, tiendas y mercados, y la calle, que se vacía.
Los cierres de tiendas, el escaso número de niños y jóvenes que antaño hacían vibrar los barrios, (junto al escaso tiempo de los niños de hoy para jugar en la calle) dan la sensación progresiva de ausencia.
Las crisis y su ‘verlas venir’, más que sentirlas llegar, se pueden correlacionar con la tenuidad. Roland Barthes, semiólogo, llegó a nombrar a Philippe Sollers, novelista, como el “aislado absoluto”, pero éste ha proclamado que “no me perdería un Seminario por nada del mundo”, evocando el Seminario de Lacan. Soledad no es aislamiento. Pocos ciudadanos de provincias se perderían la apacible y tranquila vida provinciana, sin el trepidar de las grandes ciudades, sus aglomeraciones, sus tiempos de transporte, sus solitarias gentes exiliadas y anónimas de la gran ciudad.
La crisis de las ciudades provincianas, sin forma, pero con una norma: todos hablan de ella. La crisis, como la tenuidad, es verdad, no la pesca el necio, quien nunca ve ni lo acabado, sino el sabio, que la ve aunque no esté ni en germen.

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