Freud escribió que ningún hombre soporta una aproximación demasiado íntima a los demás. Y lo argumentó mediante la metáfora del puercoespín: «En un crudo día invernal, los puercoespines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse mutuo calor. Pero al hacerlo así, se hirieron recíprocamente con sus púas, y hubieron de separarse. Obligados de nuevo a juntarse, por el frío, volvieron a pincharse y a distanciarse. Estas alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que les fue dado hallar una distancia media en la que ambos males resultaban mitigados». Una distancia media. De eso quiero hablar hoy. De la distancia adecuada.

Lo intimo se distingue de lo privado. Y lo privado de lo público. Podemos tener relaciones públicas, al ojo de la ciudad, pero también privadas, a la mirada de algunos. Pero de las íntimas sabemos muy poco, incluso los que las protagonizamos. Pero lo que todos sentimos es que hasta con nuestros ‘íntimos’, debemos de hacer un ejercicio de alejamiento continuo. Política de distanciarnos de los otros, incluída nuestra pareja, para así poder volver a juntarnos de nuevo.

Dar con la distancia correcta no es asunto baladí, puesto que nos ahorrariamos muchos disgustos si lográramos no invadir el terreno de nuestros íntimos, a la par que no operamos con ellos como si fueran nuestros rivales, nuestros enemigos o nuestros banqueros.

Ante los peligros de convivir en la intimidad algunos retroceden y evitan el contacto tanto que nunca tienen intimidad con nadie. Lo que se pierden aquí es algo muy valioso: el calor humano. Y ante el abuso del contacto y lo que descubrimos al acercarnos demasiado (Caetano Veloso: ‘de cerca nadie es normal’) otros, -se equivocan- deciden separarse para siempre, primero de alguien en concreto, y más tarde, si no rectifican, les sale una serie. Estos dos extremos demuestran nuestra dificultad para encontrar una distancia en el trato no molesta.

Freud tenía razón, no toleramos una aproximación demasiado íntima, necesitamos el secreto, la ficción, la máscara y además, en ocasiones, ir y volver, dejar de vernos unos a otros, alejarnos y acercarnos.

El error que solemos cometer es doble. O nos juntamos demasiado y agobiamos al de al lado. O nos separamos para siempre, cuando lo podemos arreglar a lo puercoespín.

Publicado en DIARIO PALENTINO el 22 de noviembre de 2012.

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