Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

La duda

Los sentimientos son engañosos, se sabe. No tenemos la certeza de que nos aman, o de que sentimos más o menos afecto hacia alguien. Eso bascula a lo largo del tiempo, viajes de ida y vuelta del amor al odio y viceversa, o recorridos desde la alegría a la la tristeza en el mismo día, incluso en instantes tras determinados acontecimientos. Bascula porque todo lo que tiene que ver con el campo del sentimiento es del orden del pacto, y por ende de la ficción, es decir de la verdad mentirosa.

Pero lo previo al sentimiento, el presentimiento, no engaña sino que angustia, pues está fuera de toda duda. El presentimiento es primo hermano de la espera y de lo inesperado, de la noticia sobrecogedora, de la intuición sospechosa, en definitiva de lo que acontece antes de que nos nazcan los sentimientos.

He ahí cómo podemos situar a la angustia como la causa de la duda, y no alrevés. Y cómo podemos y debemos diferenciar una de otra si no queremos caer en el marasmo cognitivo-conductual que mezcla en un cóctel todo este batiburrillo a fin de desorientar a los sujetos con ‘comprobada validación científica’.

Aconsejar a alguien no dudar, dar pautas para no dudar, enseñar a no dudar, o entrenar a no dudar, sin tomarse la molestia durante un tiempo (que suele ser grande), de explorar el objeto angustiante que está en la causa de esa duda es sencillamente un despropósito. No es que no haya que dudar, es que hay que saber lo que se trata de evitar con tanta duda.

El tipo dubitativo puede vendernos la moto de que la duda es buena, porque de ese modo se reflexiona. Pero si eso fuera así, tras el periodo de reflexión se pasaría a la acción y entonces tomaría una decisión, lo que no es el caso, pues al dubitativo las decisiones se las terminan tomando otros.

Por lo demás, los temerosos, los que posponen, los procrastinadores constituyen una serie horrenda para el servicio público, para las empresas, para la ciudad, pues sus dudas, (su ‘no mojarse’) nos arrastran a todos a la noria en que se convierte la vida política, vueltas y vueltas sin apenas cambios sociales, que todo siga igual.

Los aplazadores temen empezar un nuevo año: dudan de si dejar o no de dudar.

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