He leído a lo Kennedy en un día La eternidad de un día, un libro diferente repleto de columnas periodísticas alemanas escritas entre 1823 y 1934. Tal rapidez se explica por mi afición a las buenas columnas de prensa que leo desde los diecisiete años, especialmente si las escriben escritores o buenos periodistas. Además, estoy de acuerdo con Joseph Roth quien en este mismo libro afirma categórico que «La rapidez es una virtud del buen periodista», en medio de una columna que escribió en 1925.

            Son columnas escritas por filósofos, por escritores, por periodistas sagaces que lanzan la moda periodística del feuilleton, (“hojita, suplemento”), el folletín que se incorpora como complemento a la prensa diaria trata de relatos de viajes, de críticas literarias y reseñas, de poemas, anecdotarios. Era la continuación de esos relatos novelados por series que hicieran famosos Dumas o Víctor Hugo. De feuilleton se pasó a artículo literario escrito para la prensa. Nació en París en 1800 en el periódico Journal des Débats y se extendió a Alemania merced a corresponsales como Heine.

            Pero sobre todo tomó aire en Viena, desde la segunda mitad del XIX. Sus rasgos distintivos eran el gusto por los juegos de palabras, el lenguaje coloquial, y sobre todo esa fibra localista. Creo que quienes escribimos columnas periodísticas en una capital de provincia sabemos que en medio de la globalización, el asidero localista, (nostálgico en gran medida aunque no obligatoriamente) permite conectar con la ciudad. En España su ejemplo fue el costumbrismo.

            En el periodo de entreguerras, y hasta la devastación nazi, se incorporan a la prensa los grandes escritores, especialmente rescato mis preferidos Musil, Benjamin, Zweig, y el gran Robert Walser. De éste último, autor de El paseo, que pasara veinte años en un Psiquiátrico, —escritor inmenso a quien sigo desde hace tiempo para desentrañar algo de su enigmática locura— se incluye en esta antología dos columnas: “Una ciudad” y “La tumba de mi madre”, cuya lectura vale todo el libro.

            Es verdad lo que dice el antólogo, Francisco Uzcanga, que este género, mitad literatura, mitad periodismo presenta una naturaleza difusa. Y que se ha nombrado como estampa callejera, viñeta de cada día, panóptico, caleidoscopio…incluso literatura de bolsillo. Pero que la más célebre manera de nombrarlo ha sido: la eternidad de un día.

            Y es esa la sensación que tengo cuando finalizo una columna, o cuando leo las columnas históricas, por ejemplo las de Julio Camba o las de Chaves Nogales. Que se escapa el día, y al agarrarlo ese retrato es eterno.

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