La rivalidad imaginaria entre dos no sólo es asunto de los intervinientes en la soterrada pelea. Es asunto social.

Es imaginaria, primero porque es asunto de imagen externa, de fachada, pues nadie conoce el interior, la subjetividad. Y es imaginaria porque empieza con fantasías, con imaginaciones acerca de las auténticas voluntades del otro, del rival, cercanas o lejanas a la realidad de lo que va a acontecer.

Es rivalidad en tanto se nota la mutua competición que se establece, la permanente disputa, el enfrentamiento constante, la persecución y vigilancia de los logros, aciertos, fallos o decisiones del rival. Dos mirándose en el espejo. Esa rivalidad fue descrita por un Hegel como la lucha a muerte por puro prestigio. La destrucción del otro, (mediante las múltiples y sutiles formas de destrucción, de desprestigio) se detiene un segundo antes si media un tercero, por ejemplo si los hermanos tienen la suerte de tener a mano a un padre, si los compañeros tienen un tercer compañero que frena la interminable refriega, si alguien detiene a la parejita, él/ella, en constante embrollo rivalista.

Ambos contendientes suelen quedar extenuados de una lucha rivalista, especular, imaginaria, absurda, por ese narcisismo de las pequeñas diferencias del que hablaba Freud. Estar pendientes del rival recuerda a ese aserto de Montaigne cuando decía que «entre las características humanas, es bastante común la de complacernos más en las cosas ajenas que en las nuestras». Otearse mutuamente es penetrar en los recintos de la envidia, de la comparación, de la disputa mínima, estar pendientes de lo que el rival dice o hace, para impedirle hacer cualquier cosa, lo cual causa un hondo disgusto en el interior de las parejas, de las familias, de los grupos sociales, de la vida ciudadana.

La rivalidad imaginaria nos desanima, y para salir del espejo nos vemos obligados a volver de nuevo a nuestra biblioteca, a seguir saboreando a los Montaigne, antes que a enfrentarnos estúpidamente por bobadas.

La fraterna rivalidad imaginaria es el nombre de una serie de fenómenos entre iguales, entre próximos, entre semejantes, entre hermanos, entre amigos, entre compañeros. Es el nombre de un problema sin solución.

O si el lector prefiere, la solución de Marco Aurelio en sus Meditaciones: «cuando otros te vituperaren o te odiaren o manifestaren contra ti sentimientos hostiles, entérate por sus almas, ahóndalas y observa quiénes son. Verás que no es menester afligirte por lo que ellos piensen de ti. Es razón, con todo, guardarles benevolencia, pues son por naturaleza tus amigos».

 

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