Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

La gente no cambia

Un crítico de cine en una entrevista digital ha evocado a un personaje, un gángster, Carlitos, quien en “Atrapado por su pasado” decía aquello de que “con el tiempo no cambias, solo pierdes fuerzas”. Una idea muy extendida la de que la gente no cambia, un viejo debate.

Preferimos pensar que la gente no cambia, nos da más confort saber que el otro siempre es el mismo, e incluso nos molesta que varíen sus opiniones a lo largo del tiempo, como que hubiera que vivir pensando siempre lo mismo. Desde luego veo muy necesario discutir este aparente axioma de que la gente no cambia, porque de lo contrario los esfuerzos de muchas gentes del campo de la educación, de la política, de la sanidad, verían que su trabajo sencillamente no sirve, puesto que hagas lo que hagas, si la gente no cambia, de nada sirve pelearse por ayudar.

Si es bien cierto que hay lo inmutable, lo que nos acompaña como lo más duro de cambiar, hay también la verificación de muchas rectificaciones que se producen en muchas personas merced a algunos encuentros importantes en la vida, merced a determinadas conversaciones inolvidables, como resultado de puntuales acontecimientos que marcan un antes y un después, decisivos cambios de actitud de los otros que nos hacen reflexionar, y que se producen como consecuencia de los esfuerzos nobles de quienes laboran en esos campos de la educación, la sanidad, la cooperación. Trabajo de gentes que ayudan a cambiar a la gente y que han logrado a lo largo de la historia hitos impensables tiempo atrás.

Hay lo inmutable, vale. Pero puede rectificarse el cómo nos apañamos con lo inercial, con lo que no deja de insistir, con lo que se repite, con la roca dura de roer de cada uno de nosotros, impermeable a los cantos de cambio que nos piden otros o que deseamos sinceramente nosotros mismos. Y como muestra, el ejemplo de los niños que presentan algún handicap, su entrega heroica para cambiar y mejorar, a pesar de sus limitaciones innatas. Y por otro lado, nuestro cuerpo no es con lo que nacemos, puesto que el cuerpo lo construimos, y la imagen del cuerpo bascula, nos equivoca, varía, incluso esta imagen se puede remodelar, puesto que es posible maniobrar el discurso del ideal.

No hay que tener miedo ni a los cambios personales, ni a los cambios sociales. Ante lo que hay que temblar es ante el mortecino aburrimiento de la repetición y lo previsible. Con «el tiempo» no se cambia, se cambia «con los otros».

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