Decía el poeta T. S. Elliot que la historia es «una ordenación /De momentos sin tiempo», y lo evoca Paul Edmondson en su excelente última biografía de Shakespeare. Momentos sin tiempo quiere decir a mi entender, que decidir no es una cuestión de tiempo cronológico sino de tempo, de encontrar el instante de pasar al acto. Es la enseñanza que sacamos de Hamlet y su postergar, su no pasar a ejecutar aquello que le solicita el espectro de su padre, y que él mismo parece querer. (Goethe definía a Hamlet como la acción paralizada por el pensamiento).

            Pero también la lección que obtenemos observando cómo se conduce quien no se guía por su reloj sino que permanece esclavo del reloj del de enfrente, (en especial de algunos otros muy concretos a quienes designa como detectores del saber o del poder, no siempre los mismos). Quiero decir que para tomar una importante decisión personal o colectiva hay quienes llevan puesto en la muñeca un reloj invisible que mide el tiempo de una manera distinta a la hora oficial.

             Vemos así los sutiles patrones respecto al manejo del tiempo. Así, el reloj del obsesivo declama su conocida afición a anticipar demasiado tarde. Ese procrastinar, tan caro a Hamlet, le hace dejar todo para el final, y bien decidir en el último minuto o dejar que sea el Otro quien decida por él. Otra manera de llevar la hora es la que nos ofrece el sujeto histérico, para quien todo acontece demasiado pronto, y proclama que es mejor aceptar la insatisfacción, por lo que conviene no atosigarle mucho y presentarle más tarde el asunto, aunque se corre el peligro de que se sienta ninguneado, lo que agrava las cosas. Y muy curioso el modo de evitación que presenta el sujeto fóbico cuya respuesta es instantánea en cuanto aparece un objeto que le puede atemorizar, y se enroca de ipso facto, no queriendo saber nada de eso que es para él un peligro inminente, sea un avión, un animal o una situación callejera, guiándose por una especie de tiempo relámpago con tal de evitar aproximarse al objeto fóbico.

            Jugar con la hora, medir los tiempos, encontrar el momento, precipitarse o anticiparse, aplazar o encarar, estar pendientes de la hora del Otro o de la propia, son todos ellos movimientos que suponen el poder de la palabra, son muy subjetivos, y por lo cual no pueden reglamentarse ni prohibirse ni educarse. Afortunadamente.

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