A unas horas de volver a correr otro año la Behobia-San Sebastián, mítica carrera de 20 Kms que une desde 1919 esas dos localidades vascas, he leído un libro de Álber Vázquez que hace buena literatura sobre esa carrera, La meta está en Ítaca (Expediciones Polares, 2016). Su referencia es Constantinos Kavafis y su poema “Ítaca” donde anima al deseo de que el camino sea largo: «Llegar allí es tu destino/. Pero nunca vayas deprisa en tu viaje/ Que dure muchos años,/ y atraques en la isla ya muy viejo,/…Porque Ítaca te permitió ese hermoso viaje./ No habrías partido sin ella». Ítaca, isla griega, patria de Ulises, es la metáfora perfecta que explica buena parte de nuestras horas, aquellas que discurren imaginando, preparando, soñando algo.

«La meta es el olvido. Tú has llegado antes», nos legó la lucidez de Borges, mientras que Pessoa decía quedar “pasmado” cuando finalizaba algo, y sobre todo el maestro Freud dibujaba el perfil de quienes “fracasan al triunfar”. Puede que sea mejor lo que va pasando, mientras llega el destino, que el propio destino en sí. Preparamos los viajes con tanta ilusión que cuando se realizan ya son otros; construimos nuestras casas, pero nada como cuando las íbamos fantaseando; nos embarcamos en aventuras románticas como asociaciones que nunca son tan bellas como cuando son frágiles en sus inicios. Finalmente, nos enamoramos sin querer sospechar que el desamor existe, y llega inesperado, a veces para irse, otras para quedarse.

En una carrera de pedestristas (por usar el neologismo del autor para evitar el inglés runner) se pone a prueba la soledad del corredor de fondo, por lo que la comparo al viaje del psicoanálisis, dado que en ambos se hace amar más el camino que la meta.

Quizá sea esa la razón por la cual engancha la Behobia, porque es carrera de solitarios reunidos (treinta mil corredores, mil quinientos voluntarios): la multitud animando en Irún, en Rentería, con gritos nombrándote (ven tu nombre en el dorsal), los interminables toboganes de Capuchinos, de Gaintxurizketa, del Alto de Miracruz…la proximidad lejana del boulevard donostiarra…la Behobia engancha.

Me gustó correr el otro día en Bilbao, y otrora en el Cerrato, en Madrid y en la Vigo-Baiona. Pero reconozco que la Behobia es otra historia. Puede que represente lo que Gabriel Celaya sentenció y que se evoca en La meta está en Ítaca: «Seguir es lo que cansa y acabar es difícil». Puede que reunir a solitarios nos haga mejores, al menos para comprender lo que las Ítacas significan.

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