Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

La prisa buena

Cuando nos acercamos a la verdad nos entra la prisa. ¿Por dónde entra? Es todo el cuerpo quien se agita, quien no puede articular palabra en el momento de concluir algo, de tomar la salida. La prisa nos permite atenuar un poco la angustia que acecha cuando de la verdad desnuda se trata. Por eso mejor siempre una verdad vestida, cocinada, aderezada con mentiras.

Como en el colesterol podríamos clasificar dos tipos de prisa. La mala, la que evita el tiempo de comprender, y actúa en cortocircuito desde el instante de ver, es decir, la prisa del sujeto irreflexivo que prefiere el goce impulsivo de evitar estar en las escenas y pulular por los diferentes espacios. La prisa buena, la que no pierde el tiempo en cuanto ha comprendido que se trata de concluir, y decide.

Habitar la prisa buena tiene el buen efecto de estimular a los otros, a esos otros tan numerosos en la complacencia de la somnolencia de un vivir dormidos. El soñante cotidiano, abrigado de ese potente deseo de dormir, tan humano, equivalente a ese deseo tan profundo de no saber, de vivir a espaldas del inconsciente, de huir de la verdad, ese soñante precisa de ser zarandeado y puesto en marcha. Para esa tarea precisamos a los sujetos habitados por la prisa, por la urgencia, por la batalla en la ciudad, en las profesiones, en los trabajos, en el estudio. Nos sobran los complacientes con la gozosa repetición y la inercia inactiva.

Si la prisa mala tiene al prisillas como figura central, agobiante para sí mismo como primera víctima, la prisa buena es representada tanto por el falso hiperactivo, (al que suelen diagnosticar mal quienes usan los instrumentos que no convendría usar), como por el sujeto decidido, aquel que no encuentra obstáculos, porque sabe que los peores obstáculos son los que cada uno de nosotros nos imponemos, aún sin saberlo.

El conocido aserto napoleónico, vísteme despacio que tengo prisa, da cuenta del trabajo a realizar para tornar la prisa acéfala en prisa saludable. O de otro modo, el trayecto que va de una prisa que tiene su causa en decir siempre sí cuando alguien nos pide o desea algo, que entonces es una prisa al servicio de tapar, de que nunca pase nada, a una prisa amiga de los revoluciones, las personales y las sociales. La prisa amiga de la agitación para las mejores causas.

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