Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

La Revolución pedagógica

La soñamos desde hace décadas, desde nuestras apasionadas lecturas de Summerhill, pero la vimos imposible, (recurrimos a laboratorios pequeños en campamentos de verano, en centros de ocio, en granja-escuelas…), revolución permanentemente aplazada, sustituida por parches/reformas educativas. Llevamos siete u ocho reformas educativas desde Villar Palasí, pero el deterioro de la enseñanza y la educación aún cuando va a la par que otras descomposiciones políticas, es un peligro para el futuro.

Sin embargo, y por fin, una buena noticia, los jesuitas han decidido comenzar por su cuenta la revolución pedagógica, buen signo. En sus colegios de Barcelona han suprimido asignaturas, deberes, exámenes, muros, maestro único. La escolástica de siglos al desván. Asimismo, un británico maestro de escuela, que dirigió el peor instituto público del Reino Unido durante veinte años con gran éxito, y que acabó siendo asesor de Tony Blair, proclama el revolucionario abandono del control como única figura simbólica de todo centro educativo.

El fin de semana en Barcelona observé a un estudiante de la ESO de no más de 15 años explicar cual youtuber un detalle artístico del exterior de la Catedral a un compañero que le grababa con el móvil. Algo empieza a cambiar. El iPad, que fue recibido por la Prensa con el despreciable nombre de ‘nuevo y caro juguete’, ya parece un útil pedagógico revolucionario. Eppur si muove.

La revolución pedagógica: Uno, que no se puede educar sin avergonzar, la vergüenza es un afecto civilizador, (frente al despliegue creciente de la institución del sinvergüenza y del cínico capitalista), dos, que cada alumno es singular, pero nadie puede permanecer sano fuera de los márgenes sociales, tres, que los maestros han de comunicarse entre si, ningún maestro puede ir por libre, cuatro, que las clases de maestro solo, único rey en su clase han periclitado, que son de otro siglo, que se trabaja en Red, ciao a la clase magistral. Revolución que se cargue los muros del recinto escolar, y que se abra a la ciudad, pues la escuela es la vida y no un frigorífico de silencio sileo. Revolución que entienda que sin deseo no hay aprendizaje, que la memoria no es ni de Ebbinghaus ni de Barlett, es freudiana, juega malas pasadas. Revolución que forme maestros que lean, y escuelas de magisterio que no sigan la deriva de fábrica expendedora de títulos.

Una revolución que lleve a la guillotina deberes, exámenes, asignaturas, calificaciones, segregaciones y falta de respeto a los maestros. Pero sobre todo que haga despertar y nos saque del estupor de esta mala educación, que cercena proyectos colectivos de entusiasmo.

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