Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Leer con linterna

La lectura es mi actividad favorita. Cuando tenía diez años y se esperaba de mí que fuera a dormir a una hora concreta, leía bajo las mantas con una linterna. Mi padre me advirtió que me estropearía la vista; pero no por eso me paré, pues me parecía poco sacrificio a cambio de gozar de los placeres de leer. Estos párrafos los ha escrito Van Doren al comienzo de su Breve historia del leer. Pero lo suscribo, igual que de seguro muchos de los lectores habituales de esta columna, pues refleja parte de lo que ha sido nuestra vida, sumergida en la lectura como actividad favorita.

Leer clandestinamente es gozoso. Leer a escondidas es placentero. Leer libros subversivos, que van contra el orden establecido ha sido fundamental para los cambios históricos, para las revoluciones. Leer cambia una vida.

El viaje de la lectura puede hacerse o no. Puede empezarse desde la infancia o no. Y puede uno apearse antes de tiempo, creyendo que ya lo ha leído todo. Y otro problema es releer. En una ocasión le escuché decir a Jacques-Alain Miller que con frecuencia hablamos de que hay que “releer a los clásicos”, cuando sin embargo no es seguro haberlos leído. En el viaje que dura toda una vida, los clásicos, pongamos Montaigne, unos de mis favoritos, nos acompañan constantemente, son compañeros de viaje a quienes consultamos en nuestras zozobras, al llegar esa experiencia mayor de la existencia que es la soledad o al encontrarnos con los momentos de abatimiento, de duelo y melancolía, o en la tristitia ocasional. Allí están como esperándonos, haciendo guardia en los anaqueles de nuestra biblioteca, con los subrayados de rigor, y con su olor característico. Es como ese amigo que llega cuando todos ya se han ido.

Ese viaje de la lectura necesita al parecer de al menos un día al año, como hoy, para ser conmemorado como nuestro homenaje a los libros. Y con ello rendir gratitud a quienes los escribieron, se llame Cervantes o Shakespeare.

Ver leer a un niño y ver leer a una persona mayor son dos imágenes impactantes. La primera porque emociona comprobar las primeras sorpresas, las caras de asombro. La segunda porque emociona saber que la edad no impide seguir reconociendo nuestra infinita ignorancia tanto como nuestro insaciable apetito de saber.

Ayer mismo vi a un niño perplejo tras leer en voz alta la primera página de El Lazarillo de Tormes. Habría que regalar libros con linternas.

 

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