Llevo varias columnas dedicadas a Cervantes y al protagonista que supera al autor, al primer anti-héroe, o a lo que tememos al temer a Don Quijote. La afluencia de nuevas ediciones de textos que salen estos días me han conducido a William Shakespeare.

            Es el caso de Shakespeare. Los fuegos de la envidia, del crítico francés René Girard, (Anagrama, 2016), publicado en francés en 1990. Su tesis se basa en que pensamos la imitación del lado de que imitamos a los demás en el vestir o en la manera de hablar o en las manías, pero no que imitamos también sus deseos, y en su obra repite lo que llama deseo mimético, imitación de los deseos de los otros que contamina la compra de objetos o la amistad, lo que explicaría el juntarnos con quienes desean lo mismo que nosotros.

            Bueno, Jacques Lacan fue más lejos cuando afirmó rotundo que el deseo es el deseo del Otro. Es lo primero que se enseña a un joven psicoanalista. Lo sepamos o no, así funcionamos, puesto que nuestro deseo nace en el campo del Otro, en la cultura de cada época.

            Shakespeare habla de la verdad de lo que somos respecto al deseo. Borges decía que entre los personajes de Shakespeare, el autor era todos y ninguno, a la vez que Hegel los definió “libres artistas de sí mismos”. Goethe consideraba a Shakespeare superior a sí mismo, y Bloom, Harold Bloom, que tituló uno de sus libros, Shakespeare, la invención de lo humano, ha considerado que nos lleva a la intemperie, a tierra extraña, al extranjero, a la vez que nos hace sentir como en casa. Leer a Shakespeare, podríamos añadir, es como leer nuestro propio inconsciente.

            Me quedo no obstante con Joyce, quien en su genial Ulises y a través de su personaje, Stephen Dedalus, dicta su famosa conferencia del capítulo 9, donde representa miméticamente al dramaturgo inglés: «…y el actor es Shakespeare que ha estudiado Hamlet todos los días de su vida que no eran vanidad a fin de representar la parte del espectro». Si Jacques-Alain Miller afirmara que no hay nada más humano que el crimen, también podríamos colegir que no hay nada más humano que la envidia.

            El fenómeno de la envidia quema, atraviesa parejas, familias, grupos, instituciones, países enteros. Clasificarla como envidia sana o enfermiza poco importa, pues su fuego arrasa con todo a su paso.

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