Martín Garzo narra ese aserto del personaje de Abraham, padre de Isaac, los hombres viven con los ojos cerrados, en su última novela No hay amor en la muerte. Escuchando a Serafín Zubiri el otro día parece que entendí su invitación por imitarle a él, ciego, que proponía mirar hacia adentro. Son dos miradas distintas del mundo, la que señala lo interesante de abrir los ojos, y la que propone cierra los ojos y mira.

Shakespeare escribió por ejemplo sobre la anamorfosis en términos de confusión cuando la pintura es mirada de cerca (frente a lo visto oblicuamente), y otros muchos sabios nos advierten del peligro de poner mal el foco. Dicho de otro modo de creer que se puede anular nuestra subjetividad, y entonces equivocadamente poner el énfasis en el objeto mirado, en el asunto estudiado, olvidando que es mejor mirar cómo lo miramos.

Y ahí podemos seguir a Joyce, y cerrar los ojos para ver, como asevera en su Ulises. Creo que lo que Serafín Zubiri trata de transmitir es que siendo ciego, ha obtenido de su interior las mejores pistas acerca de lo que realmente desea. Es aquello de buscar en la geografía interior. En realidad cuanto más conozcamos ese paisaje mejor podremos conducirnos, o dicho de otro modo, cuanto menos nos ignoremos, más podemos mirar el mundo sin una lente deformada, sin un espejo falso, deteriorado por el uso de lentes subjetivas tendenciosas, que ven lo que quieren ver, que dirigen su mirada siempre a lo mismo, que escotomizan.

Se puede decir que evitar mirar hacia adentro no es lo más inteligente, al menos si no se quiere morir demasiado idiotas. Pero vivir con los ojos cerrados tampoco es demasiado inteligente, y no es cuestión de ojos, como hace ver Serafín Zubiri, pues el mundo puede ser mirado con otros muchos sentidos, con otros muchos modos que evitan cerrarnos.

Garzo en su novela hace decir al personaje Isaac, «todos se comportaban con más libertad creyéndome ciego». Si es así, si nos comportamos con más libertad cuando estamos ante un ciego, desconocemos que un ciego no nos ve pero sí que nos mira, y desconocemos que efectivamente vivimos demasiado con los ojos cerrados muchos tramos de nuestra vida. Esperemos que, cuanto menos, abiertos hacia adentro.

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