Texto enviado a la Revista SISO, Salud Mental de Galicia, para su publicación

Los padres del adolescente y su psicoanalista[1]

 

Fernando Martín Aduriz

 

Ocurre que cuando un adolescente entra en conversaciones con su psicoanalista, éste también entra en conversaciones con los padres del adolescente. Los padres se analizan también a través de estas conversaciones, si entendemos el acto analítico como una decisión responsable del analista. Los padres abordan su propia adolescencia que se pone de manifiesto en los significantes que van apareciendo en el análisis del chico/a. Desarrollaré esta tesis en cinco puntos.

 

 

  1. 1.   Las adolescencias son múltiples y diversas.

No hay dos familias idénticas, pero no hay el mismo padre y la misma madre para cada adolescente. La manera de buscar la salida y la entrada en las adolescencias es múltiple y variada. De ahí el absurdo de pensar que la clave de las adolescencias la da la cronología y no la sincronía. Por ello entonces, no importa lo que cambia a lo largo del desarrollo sino justamente lo contrario, lo que permanece.

De ahí que si se siguen los desarrollos de Adolescencias por venir comprobamos que la adolescencia lejos de ser un momento cronológico en la vida puede ser leída como un discurso[2]. La noción de discurso, desde Foucault y Lacan, quiere decir que opera la lógica, las leyes internas y externas, la historia y la consistencia estructural para relacionarse con otros discursos. En especial el discurso de la adolescencia se teje en relación al discurso del amo.

A su vez, conviene advertir que la familia, en plena transformación, se define mejor como lo hace Miller que como lo hace Lévy-Strauss. El genial antropólogo, amigo de Lacan, dice que una familia tiene su origen en el matrimonio y está formada por marido, esposa, hijos nacidos y algunos miembros más y que se relacionan por derechos y por imposibilidades sexuales. Pero Miller  dice algo más certero, y es que la familia tiene su origen en el malentendido, en el desencuentro, en la decepción, en el abuso sexual o en el crimen; la forman el Nombre-del Padre, el deseo de la madre y por los objetos a; no la unen las legalidades ni los derechos ni las obligaciones, sino que una familia está unida por un secreto, por un no dicho. Miller lo remarca así: «¿Qué es ese no dicho? Es un deseo no dicho, es siempre un secreto sobre el goce: de qué gozan el padre y la madre»[3]. Es por eso que los delirios familiaristas que ensalzan acríticamente el valor de la familia, desconocen la multiplicidad de familias posibles por venir en el conjunto de la multiplicidad de adolescencias por venir. Es por eso que hay que localizar en cada caso los aspectos negativos de cada familia, dónde falló la trasmisión, en qué punto patina cada grupo familiar y esconde lo negro.

Entonces, la adolescencia del padre o madre se puede entender en función de los parámetros de cada momento histórico, y está presente y activada la memoria de los años adolescentes de los padres cuando un hijo enarbola el discurso adolescente: mucha acción pero poco acto responsable, deseo errático, dependencia y sustitución de un Otro, especialmente paterno, producción constante e ilimitada de fantasmas, momentos de pasaje, de transición, de pérdidas, de duelo (a veces infinitizado).

 

2. El secreto adolescente.

El secreto que importa es el secreto desconocido para uno mismo. Yourcenar dejó escrito que la memoria de las mujeres está llena de cajones secretos. Y se puede decir, con Martín Garzo, que la literatura y el psicoanálisis tienen en común la búsqueda del secreto. Pero la diferencia es que en psicoanálisis sabemos que el auténtico secreto no es lo que se oculta al otro, sino lo que el propio sujeto del inconsciente calla, o de otro modo, lo que no cesa de no inscribirse.

Tarde o temprano se puede obtener el secreto de un adolescente, pero es mucho más arduo obtener el secreto de un padre o madre de su propia adolescencia. A veces obtenemos en la consulta algún retazo, alguna sombra, o una sorpresa para el propio adulto. Detrás de estos recuerdos puede activarse la conexión con algo de su hijo adolescente y de la forma en que toleran sus desencuentros con la ley, su relación con el otro sexo, su actitud ante los estudios o la relación con sus hermanos. Esa conexión nos abre puertas, y aclara el por qué algunos padres son tan exigentes con sus hijos adolescentes cuando ellos mismos vivieron una adolescencia llena de trasgresiones.

Mi adolescencia fue normal, es una expresión muy escuchada en la consulta. Pero sabemos que nada es normal, y que lo significativo es lo que siendo normal lleva el trazo de la singularidad sintomática de cada sujeto. Ahí el secreto adolescente juega su partida.

Winnicott hablaba de reunión de solitarios para referirse a la adolescencia, y además sabemos que diferentes modos de vivir la soledad, y que no es lo mismo una soledad buscada que una soledad impuesta. La soledad del adolescente, los momentos de soledad del adolescente esconden un secreto que conviene ir a buscar.

 

 

 

 

3. La identificación de los padres al adolescente.

Identificarse es transformarse. Los padres de los adolescentes encuentran un escollo si tratando de comprender al adolescente se identifican con él. Una forma la encontramos en los padres que cambian su manera de vestir para igualar la de sus hijos adolescentes, o imitan usos, hábitos, o se encuentran discutiendo de igual a igual, olvidando que su adolescencia ya pasó. El atractivo de las formas adolescentes, su despreocupación, su dejar pasar el tiempo –la adolescencia como moratoria social que definía Eriksson–, su vivir el instante y la actualidad nueva pueden empujar a una transformación en los padres. Unas veces comprobamos de sus labios que en realidad la adolescencia les fue robada por cuanto de la infancia hubieron de pasar rápido al trabajo. Si es el adolescente quien sostiene la imagen ideal del momento, este transformarse de los adultos en auténticos adolescentes va acorde a la época que entroniza un canto a la adolescencia perpetua y generalizada, a la irresponsabilidad en el paso al acto.

Dicho de otro modo, encontramos adultos que lejos de ocuparse de los problemas, y en silencio, cumpliendo con su deber, lloriquean ante sus hijos, se comparan, reprochándoles que ellos no hacen nada mientras ellos tienen que trabajar y pagar los gastos. Esconde, por tanto, este lamento un deseo de seguir en la adolescencia perpetua y una envidia diáfana de la posición adolescente de sus hijos, quienes, en la mayor parte de las veces no entienden ese reproche, puesto que la sociedad actual en el medio urbano no dispone de medios para que los adolescentes puedan colaborar en los trabajas adultos.

En otros casos, más graves, la identidad inestable de los padres puede encontrar apaciguamiento cuando se detienen en las a su vez débiles identidades, en construcción, de los adolescentes.

La tarea del psicoanalista puede servir de desidentificación a los padres de sus hijos adolescentes, separándose de ellos a la buena manera, sin dejarlos caer, el psicoanalista puede ser para los padres de los adolescentes un apoyo para ir a la búsqueda de lo inimitable que cada uno porta. El empuje a participar por parte de los adolescentes en tribus urbanas se explica, pues, como un intento de fijar una identidad, un ‘yo somos así’, al margen de resguardo a la mirada del Otro, de provocación al adulto, de denuncia de la debilidad de la posición adulta. Recordemos que Nietzsche hablaba de su hermana Elisabeth, en términos de caluroso y soleado puerto hacia el cual ha gravitado mi vida[4], es decir, que la búsqueda de la identidad se efectúa desde la más tierna infancia, y el lento ir fotocopiando de una manera inconsciente, imperceptible, los rasgos de los que rodean al sujeto.

 

 

4. Envidia y celos paternos del adolescente. 

Correlacionado con esa identificación la posición de envidia, in-vidia, esto es, la imposibilidad de contemplar el objeto en el otro, no de su posesión, sino de su exhibición, en ocasiones encontramos en los padres respecto a sus hijos varones o en las madres respecto a sus hijas, una clara y decidida posición de envidia. Ello impide al adolescente maniobrar puesto que haga lo que haga se siente anulado por los juicios del adulto.

Para entender los celos tenemos una clásica y excelente referencia en Lacan: «Los celos infantiles llamaron hace tiempo la atención de los observadores: “He visto con mis propios ojos, dice San Agustín, y observado atentamente a un niño muy pequeño presa de los celos: todavía no hablaba, y no podía, sin palidecer, fijar su mirada en el amargo espectáculo de su hermano de leche” (Confesiones, I, VII). El hecho aquí revelado al asombro del moralista permaneció mucho tiempo reducido al valor de un tema de retórica…»[5]. Vemos así, que el nacimiento de la envidia y los celos, se yuxtaponen y se puede localizar en la historia infantil de un sujeto el momento del nacimiento de los celos y la envidia.

En el caso de los celos patológicos, se observa el rigor de la paranoia cuando el sujeto tiene la certeza de que el otro lo quiere mal, (como en el caso de un padre de un adolescente que se ve obligado a vigilarlo continuamente, a husmear en sus cosas, a ir a la búsqueda del momento en que va a perjudicarlo), de que quiere su destrucción, y puede interpretar que sus demandas de objetos son el resultado de un cálculo encaminado a disminuir su potencia en el horizonte de su ruina. 

Por otro lado, en los adolescentes se comprueba ese lado bebé, que grita, ensucia, mancha, deja todo tirado, después de unos años de calma chicha, infantil bueno, años de una cierta acomodación a los ideales paternos. Ese momento bebé del adolescente, que ve su límite en el consumo desaforado de alcohol o en vomitar cual papilla de bebé, puede ser leído por un padre celoso como la actuación de un rival, de su rival imaginario, quien le ha sustraído el amor de su mujer, lo que conlleva fuertes enfrentamientos en la pareja de los padres con mutuos reproches, que no son la mayor parte de las veces sino el escenario de vuelta a la infancia de los adultos.

Es muy interesante la reflexión de Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso: «Como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nadería: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario.»[6]

 

 

5. Conclusión

Deseo finalizar con la idea de la diferencia entre Deseo e Identidad.

Cuando se produce un encuentro con un adolescente en el marco de una consulta de psicoanálisis, nuestra orientación es crear las bases, (lo que puede llevar mucho tiempo) para que el adolescente despliegue lo que funda su deseo, qué desea, adónde apunta lo que desea hacer en la vida, en lo que quiere trabajar, el modo de anudamiento que desea para sus parejas, el modo de relación con iguales que desea de verdad.

«Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo», es el texto de Lacan en su Seminario de la ética[7], lo que nos guía a percibir que no orientarse por el propio deseo, acobardarse, traicionarse, ceder, postergar el deseo, aplazar, sólo conduce al sentimiento de culpa, al desasosiego de haber edificado una existencia marcada ora por el deber, ora por el consentimiento a los deseos de los demás, pero no haber explorado el propio ni haber conciliado adecuadamente la ley, el cumplimiento de la obligación, con el deseo, y con su posible satisfacción.

De modo que ante un adolescente buscamos obtener de él las fórmulas que le van a autorizarse en su deseo, qué es lo imposible, qué lo prohibido, qué lo que le causa daño o sufrimiento y dónde hallar lo que le perjudica en la vida social.

La pregunta sería, ¿has actuado en conformidad con tu deseo? Y ¿ese deseo se acomoda a la ley? Por eso Lacan insistirá en la idea de traición: «Lo que llamo ceder en su deseo se acompaña siempre en el destino del sujeto…de alguna traición. O el sujeto traiciona su vía, se traiciona a sí mismo y él lo aprecia de este modo. O, más sencillamente, tolera que alguien con quien se consagró más o menos a algo haya traicionado su expectativa, no haya hecho respecto a él lo que entrañaba el pacto —el pacto cualquiera sea éste, fasto o nefasto, precario, a corto plazo, aun de revuelta, aun de fuga, poco importa».[8]

El deseo, metonimia de la carencia en ser, es errático, fluctuante, difuso, no siempre es gramatical, claro, bien formulado…pero es la brújula que orienta el destino del ser que habla. Optar por la consolidación de la identidad del adolescente, alimentar ese apetito insaciable, o apoyarle en la búsqueda de su deseo aparece como la disyuntiva central en el enfoque del tratamiento del adolescente, en el trabajo analítico con las adolescencias que vendrán.

Si optamos por entrenar al adolescente, ser su ‘coaching’ y su guía, tarde o temprano nos propondremos como ejemplo a seguir, y se identificará con nosotros. Y, desde luego, quien más quien menos, podrá sacar de la chistera siempre ideas, ideales, valores, habilidades, actitudes a transmitirle. Y con todo ese arsenal ideológico, es decir, la ideología del psicólogo de turno, el adolescente, y sus padres, se verán reconfortados al quedar fijados a una posición yoica, cuando no congelados en una posición subjetiva, eso si, estable y no perturbadora. Y asimismo si nos precipitamos a comprender, y les decimos que les comprendemos, lo que odian, y además en el preciso momento de su vida en que están más perturbados y perplejos, en el instante de los revoltijos identificatorios, obtendremos ora su odio ora su silencio cómplice, y un aplazamiento del auténtico lugar de su autorización para hacer cosas en la vida.

Nuestra opción es justamente la del deseo, la de maniobrar en la dirección de la cura para que el adolescente obtenga autorización en su deseo, que siga la pista de su deseo, que busque y rebusque en conocer lo que desea para en un segundo tiempo preguntarse si lo quiere o no.  El ejemplo en mi práctica estos días con tres adolescentes, un hacker, una friki y un perfecto ‘hikikomori de media jornada’, me enseña que en nuestra época si se recurre al psicoanalista, en un primer tiempo no es sino para encontrar un tratamiento estandarizado, que calme la angustia de los padres y normativizar, y controlar.

Pero que nuestra ambición puede ser, –con un cálculo estratégico que permita una táctica distinta en el marco de nuestra política del síntoma– ofrecer un segundo tiempo: el de ayudar a aclarar la causa, el de orientarnos por lo real en juego, el no engordar el síntoma buscando un sentido, sino como enseña Jacques-Alain Miller, precisamente tener muy presente que leer un síntoma es privar al síntoma de sentido.

Nada, pues, de fijar al adolescente a una posición de identidad fuerte, eso ya llegará a su debido tiempo, sino más bien operar como agente causa de su deseo, para que encuentre el suyo y en él se autorice.

En una frase, y para concluir, mejor evitar ser un agente más al servicio del control del adolescente. Mejor posicionarnos como ayudantes, en tanto secretarios del adolescente. Para recibirles como sujetos, y tomar en serio sus palabras y sus invenciones.

 



[1] Intervención en Vigo, en El Otro Niño, en las III Jornadas: “El adolescente y su Otro”, Instituto de Psicomotricidad de Vigo, octubre de 2012.

[2] MARTÍN ADURIZ, F., (compilador), Adolescencias por venir, Gredos, Madrid, 2012.

[3] Ver MILLER, J. A., “Cosas de familia en el inconsciente” (1993), en Introducción a la clínica lacaniana, RBA, Barcelona, 2006, p. 341.

[4] NIETZSCHE, Mi hermana y yo, Edaf, Madrid, 1996.

[5] LACAN, J., “Los complejos familiares en la formación del individuo”, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 46.

[6] BARTHES, R., Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, Madrid, 1997, p. 58.

[7] LACAN, J., Seminario VII,  La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 379.

[8] LACAN, J., Id., p. 381.

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