La vida cultural de las pequeñas ciudades tiende a dormitar. Y ese sueño de practicar lo conocido, los ciclos, las mismas programaciones culturales de otoño, de verano, mantiene la repetición como ley. Todo gira en torno a los horarios de los burócratas de la cosa, de los horarios del personal subalterno, de una programación que no moleste mucho, en ocasiones claramente al servicio del goce particular de los gestores culturales, aficionados ya profesionalizados. De vez en cuando alguien quiere hacer algo nuevo, tiene incluso ideas, o es un joven inquieto, leído, viajado o que tiene experiencias de otra ciudad, y pretendiendo romper inercias y vicios, trata de desenamorar de la repetición a instituciones culturales ya sin jóvenes. Y entonces se topa con que al tratar de despertar, se encuentra con que algo de las ciudades tiene mal despertar.

            De igual modo que existen personas que cada mañana muestran mal despertar, hay ciudades que se molestan mucho si alguien trata de activar, de llamar al cambio. Muchas ciudades prefieren languidecer. Llegan como ciudad a un punto muerto, repletas de gentes cansadas, desanimadas, esperando solo ver pasar los días, y cerciorándose de que nada se mueva e intranquilice. Vivir en ciudades muy tranquilas, es vivir en ciudades y pueblos que metabolizan muy bien lo nuevo, pues al compararlo con lo viejo, prefieren lo malo conocido.

            Ciudades que para seguir durmiendo envían a brigadas de obsesivos postergadores de avanzadilla, para disuadir de emprender locuras, y para reñir por hacer las cosas desordenadamente, esto es, sin un protocolo. Brigadas del orden que actúan similar a lo que escribiera Unamuno en el prólogo de su Vida de Don Quijote y Sancho: antes de intentar hacer una locura cualquiera, montemos una comisión, y reunámonos tranquilamente. Les falta decir, esperen al año que viene. Vuelva usted mañana.

            Durante mucho tiempo cada vez que mutuamente nos contagiábamos amigos para ir juntos a alguna aventura (romántica por supuesto), venían a por mí esas brigadas que trataban de reconvenirme, de incitarme a pensarlo despacio, de estudiar pros y contras, de seguir la norma del probo funcionario y cumplir con el horario mientras se esperan las vacaciones, y de disfrutar de la vida. En una palabra, muchacho no te metas en jaleos, que te quitan tiempo y te llevas sinsabores. Los insumisos, los inquietos, los agitadores, los sanos hiperactivos, saben de sobra de qué hablo.

            Mal despertar se demuestra en una ciudad si ama más el rumor y el infundio que el apoyo a quienes, además de no tener miedo, eligen despertar. Veremos.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies