He participado la semana pasada en una Jornada en Aguilar de Campoo y de entre las personas que intervinieron estaba su Alcaldesa. Desconozco el tiempo que lleva en el cargo, elegida por sus vecinos para tal responsabilidad, pero en su discurso no había sino entusiasmo de primeriza, de quien acaba de llegar al cargo.

En este año, es verdad, va a ser que “todo pasa por Aguilar”. Y que allí, fábricas y monasterios, dan testimonio de gentes de sueños vivos, que han hecho realidad gigantes (del arte y de la industria) en torno a una villa que crece cualitativamente y que se dispone a acoger miles y miles de turistas ante la llamada del arte. En fin, cuando no se realzan los nombres propios, sino que se realiza trabajo colectivo, de todo un pueblo, es significativo que el nombre de su alcaldesa pase desapercibido, como si ese su entusiasmo fuera el reflejo del entusiasmo de todo un pueblo orgulloso de su lugar, de su enclave, de su belleza, de su atractivo.

Cuando el nombre propio no vela la obra, muestra lo importante que es para una buena alcaldesa dejarse atrapar por la ciudad sin mirarla cual imagen propia. Muestra dejarse llevar por el amor, como el argumento de esa novela, “Más grandes que el amor”, de Dominique Lapierre. La segunda parte es que como quiera que los disgustos forman parte de la agenda diaria de todo alcalde, se requiere algo más que entusiasmo, y en el caso de María José Ortega, política desde los 36 años, ignoro cómo ha sabido aprender de los disgustos o tramitar los egos, las maledicencias, la rumorología, las rivalidades imaginarias, y sobre todo, cómo ha sabido ejercer el poder sin perder el entusiasmo.

Aunque tengo una sospecha. Como es alcaldesa de la bella villa en la que transcurrió su infancia, (seguro que paseando la Cascajera, contemplando la construcción de fábricas, la rehabilitación de monasterios, el internacional festival de cine), su entusiasmo, su deseo, puede que se sostenga en la mirada del Aguilar de su infancia.

Acudir a la mirada que propone “Las edades” también nos empujará a muchos a ese Aguilar de Campoo tan sorprendentemente febril

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