Con las Memorias sucede como con los Diarios, que sabemos lo que son merced a María Moliner: «Escrito que contiene recuerdos personales junto con datos de la propia vida del que lo escribe», recuerdos personales que pasan a la escritura, pero ya no me parece tan impúdico leer unas Memorias como fisgar en un Diario.

Así, los Retratos de memoria, de Bertrand Russell constituyen un ejemplo de cómo el gran filósofo desgrana sus recuerdos mientras nos aporta luz sobre su opinión acerca de sus encuentros con Bernard Shaw, Wells, y por ejemplo con un Joseph Conrad, quien amaba el mar desde niño tanto como sentía aversión por Rusia, pues le confiesa que «Turguénev era el único novelita ruso al que admiraba».

En Las confesiones de un joven novelista, Umberto Eco con setenta años evoca cómo ha ido construyendo sus novelas, y así se sincera al recordar que el estilo de su novela Baudolino marcó la historia que iba a contar, sin los discursos intelectuales elevados de El nombre de la rosa. John Dos Passos escribe sus Memorias a través de una novela, La iniciación de un hombre: 1917, para trasladarnos su experiencia de la I Guerra Mundial cuando conducía una ambulancia en el frente francés.

Mi último suspiro, las memorias de Buñuel, me impresionaron, y hay una imagen que siempre recuerdo, la definición de felicidad (sin alambiques) para el cineasta aragonés: un Dry Martini en un bar mientras escribe o habla con un amigo.

El comienzo de las de Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal: «Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles barnizados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail», no presagian gran cosa para lo que se espera de la gran intelectual parisina, pero cuando entrega un «...cedí cuerpo y alma a los sortilegios de la escena», hace que leer sus Memorias sea un placer en cada línea.

Por mi parte, me quedo con las memorias de adolescencia del Nobel André Gide, Si la semilla no muere, escandalosas en 1927, sinceramente dolorosas. Porque las Memorias cuanto más verdaderas, cuanto más atrevidas, más creíbles.

Y porque aún cuando la memoria es selectiva y recordamos lo que queremos, nunca olvido ni lo que dejó escrito Walter Benjamin en su memoria escrita Infancia en Berlín hacia 1900: «Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos», ni la sentencia de Borges: «Sólo una cosa no hay, el olvido».

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